Ilusionado a Dios le pedí, no solo por mí, sino por todos
Porque Si usted cree que algo está bien porque todo el mundo lo cree, no está pensando.
Sin ser un fervoroso pero, un fiel, leal y consciente creyente, le pedí, rogué, le imploré al Altísimo que tuviese compasión, misericordia de nosotros como país. Le solicité con el alma, corazón y vida que me complaciera con el único regalo que deseaba para este año.
Le pedí que me iluminara el pensamiento para poder solicitarle lo que en verdad deseaba ya que hasta expresarlo me resultaba difícil y que no fuera tanto por mí, porque al fin y al cabo, ya poco, en lo personal, me importa. De todas maneras le pedí por mí y por todos los que conforman esta nación, esta finca política que llamamos país.
Estaba consciente de que mi pedido podría resultar difícil hasta para el propio Dios, si antes no se aseguraba de cambiar ciertas y determinadas mentes y voluntades pero, de todas maneras le hice mi solicitud.
Una sola cosa le pedí y fue, que a partir de este año, nos concediera el privilegio de ser gobernados por un real y verdadero estadista, uno cuya mayor ambición fuese buscar un lugar en la historia, que establezca un alto definitivo al debacle de los desgobiernos que han llevado a cabo los políticos, mesiánicos y destinados. En fin, que facilite el camino a aquel, al que ha de llegar.
No podemos continuar en esto, que más que país parecemos un erial estéril. Estéril en todo cuanto signifique algún valor moral, ético o institucional. No podemos continuar existiendo donde todo se fundamenta en la cultura del engaño, de las justificaciones para estúpidos, no podemos continuar siendo una utopía. Nos merecemos ser algo real, vamos a decir una nación.
Quizás ya está bueno de ser un país de sueños, irrealidades y engaños. Necesitamos el milagro de tener un estadista que nos saque de esta asombrosa filosofía moral quietista cuyos perfiles no podrían ser más nítidos, elocuentes y palpables.
Creo que para Dios, no es mucho pedirle que nos dé, a partir de mayo del presente año, el honor de ser gobernados por un estadista de carne y hueso, para que ponga el punto final a tanto desastre institucional.
Sé que el disco duro de Dios debe estar lleno de pedidos, que no le cabe la menor duda. Espero que él le abra una brecha digital a la presente propuesta, y que con su mano Todopoderosa derrame este deseo sobre el pueblo dominicano, este milagro institucional para que tiemble nuestra tierra y, por qué no, el cielo.
Ya estoy, parodiando a mi amiga Virginia, hastiado de tantas utopías, de manera tal, porque en nuestros sueños patrios, nos sentimos en un grado tal de soledad ética y de dirigencia que ya ni sombra tenemos y quizás, tal vez, es posible, que cuando estemos cansados de pensar en estos deseos, optemos por caer a la sombra de un árbol viejo y morirnos en los recuerdos, en la angustiosa espera de un estadista para este bendito país.
O quizás nos vemos obligados a recurrir a Perséfone, esa diosa griega del fuego, reina de los muertos y diosa del inframundo, para que aún desde el más allá de la mitología, nos permita continuar clamando por lo mismo: ¡un estadista para nuestro país! ¡Un estadista, eso, solo eso pedimos! ¡Sí señor!

