Opinión

Filosofando de más…

Filosofando de más…

José Antonio Torres

El padre de las letras castellanas, Miguel Cervantes y Saavedra, nos brinda una gran opinión sobre la ingratitud, ofreciéndola como un comentario a su inseparable amigo Sancho Panza, refiriendo: “Entre los pecados mayores que hombres cometen, algunos dicen es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, atendiéndose a lo que suele decir que, “de los desagradecidos está lleno el infierno”.

De su lado, el pensador francés, Deuc de Lewis decía: “La ingratitud no descorazona a la verdadera caridad, pero sirve de pretexto al egoísmo”. Mientras que un proverbio árabe señala: “No tires piedras en el manantial que has bebido”.

Sin embargo la expresión más significativa es la de Thomas Moore, un ex monje y escritor de libros espirituales, quien decía que: “Los hombres suelen si reciben un mal, escribirlo sobre el mármol pero si se trata de un bien, lo hacen en el polvo”.

Miguel de Unamuno escribió: “No des a nadie lo que te pide, sino lo que entiendes que necesita y soporta luego la ingratitud”.

Lucio Séneca decía: “nadie apunta en su agenda los favores recibidos”, y agregamos nosotros, muy pocos. Ingrato es quien niega el beneficio recibido, pero de todos el más ingrato es quien lo olvida.
El pueblo llano recomienda prepararse para esta situaciones, ya que si haces favores y un día no puedes, inmediatamente te maldicen y lanzan contra ti rayos y centellas. Jamás debemos imitar al cuervo, que le saca los ojos a quien le da de comer.

Es por eso que las decisiones que usted y yo tomamos todos los días deben tener una enorme importancia. Un pequeño acto de bondad hecho hoy representa la conquista de un punto estratégico, de donde usted podrá, más tarde, obtener victorias con las que nunca soñó. Una indulgencia aparentemente trivial que satisfaga deseos o rabia puede significar la pérdida de una posición crucial, de donde el enemigo puede desencadenando un ataque que de otra forma sería imposible.

Los seres humanos tienden a juzgar y criticar con mucha facilidad, tanto a sí mismos como a los demás, por motivos que pueden ser reales o imaginarios. Pueden estar enojados con la vida, con la sociedad y algunos hasta con Dios, pero ni unos ni otros son argumentos justificables.

El Nacional

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