Desde hace décadas se registran intervenciones telefónicas en la República Dominicana. Originalmente sólo la hacían organismos de seguridad del Estado con fines estrictamente políticos.
Hoy día es amplia la diversidad de motivaciones: política, narcotráfico, secretos comerciales, celos conyugales, ubicación para atentados criminales, asaltos, estafa y robo de identidad.
Se ha diversificado la razón, pero también la cantidad de organismos y personas particulares (delincuentes) que disponen de tecnología para conocer los más mínimos detalles del desenvolvimiento cotidiano de ciudadanos, a quienes se les viola su derecho de privacidad, y en ocasiones esto se hace con fines inconfesables.
Llamar a una persona por teléfono para decirle que un hijo se accidentó y pretender obtener de ese modo una tarjeta de celular, es una maniobra perversa e inhumana, pero de poca monta.
Ahora los pillos se inventan loterías de Australia, de África, de Inglaterra y de otros lugares, notificando a personas que resultaron agraciadas que realizan supuestos sorteos entre correos electrónicos.
La gran mayoría de la gente no se deja sorprender con los premios ni responde al cuestionario de preguntas inherentes a sus datos personales, pero esos jóvenes continúan con sus prácticas y es porque siempre logran sorprender a algunos ingenuos, que, para obtener su anunciado premio, ofrecen numeraciones de tarjeta de crédito y de cédula.
Con la cédula de identidad se conocen todos los detalles, sólo falta que la gente se vea desnuda.
La delincuencia no está sólo en las calles, la tenemos también en la casa, con las intervenciones telefónicas y los múltiples fraudes electrónicos.

