El próximo 30 de mayo se cumplen 50 años de la muerte del dictador Rafael L. Trujillo y del fracasado proyecto democrático electoralista que le sucedió. Por razones dolorosamente explicables, el pueblo no ha logrado un digno nivel de vida material, y la democracia puede ser calificada de costosa, antipopular y disfuncional.
¡El pueblo dominicano ha sido derrotado! Una altísima pobreza, apagones de más de 10 horas diarias (con un súper subsidio que demuestra que la capitalización fracasó), desempleo y subempleo, enfermedades y un sistema de salud que se desmonta en perjuicio de todo el pueblo, ridícula inversión en educación, deuda externa e interna incontrolables, aunque lo niegue la oficialidad, transporte caro y caótico, pérdida significativa del patrimonio nacional en playas y zonas turísticas y minería, corrupción e impunidad, narcotráfico…
La muerte de Trujillo activó un hermoso proceso de participación popular. ¡Como tiene que ser! Pero la oligarquía golpista, antinacional, y depredadora actuó de nuevo y frustró nuestro primer ensayo plenamente democrático. Entonces el pueblo se volvió revolucionario. 1965. Una contrarrevolución feroz, maldita, imperial destruyó un proyecto de alta dominicanidad. Todo lo mejor, se lo tragó Balaguer padre de la democracia según los penosamente desideologizados perredeístas.
El PLD, que era la esperanza, concluye su tercer período, como un proyecto neobalaguerista, corrupto, clientelista, perverso ¡La más grande estafa de la postiranía!
El pueblo dominicano frustrado, descreído y desesperanzado necesita cambios, necesita de un proyecto político alternativo real.
Anuncio formalmente al país que tenemos de nuevo una época auténticamente revolucionaria.
Una revolución democrática progresista y trinitaria.
La República Dominicana tiene que ser transformada, es obligatorio activar un proyecto de transformación profunda que recupere a nuestras potencialidades como nación y ese proyecto es responsabilidad de las fuerzas sociales de la patria.
