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Gais de Rusia huyen por leyes de su propio país

Gais de Rusia huyen por leyes de su propio país

MOSCü, 10 Ago 2013 AFP. – Hace años que Maria y Alexandra contemplan vagamente abandonar Rusia, pero es la legislación antigay aprobada este año en el país la que las ha convencido para empezar a hacer los trámites. Esta tranquila pareja de lesbianas, que trabajan como docentes y viven con una hija de 7 años a las afueras de Moscú, han perdido la esperanza de que Rusia avance en línea con el resto de los países europeos, donde los matrimonios entre homosexuales es legal en cada vez más países.

«Antes teníamos la esperanza de que todo mejoraría, pero en vez de eso, la tendencia se ha invertido. Espero que nos vayamos», explica Maria, de 31 años, cuya hija, Lilya, es fruto de un corto matrimonio. Ahora la cría junto a Alexandra, de 30 años, su pareja desde hace seis.

El presidente ruso, Vladimir Putin, aprobó hace unos meses una ley que prohíbe la «propaganda gay» a menores, que provocó críticas de todo el mundo e incluso llamados a que Rusia no pueda ser sede de los juegos olímpicos de invierno en 2014.

En la práctica, la ley implica que cualquiera puede ser multado en Rusia por decir a los niños que las relaciones heterosexuales y las homosexuales son iguales. Esto es lo que «realmente nos decidió» a abandonar el país, explica Maria, que como el resto de los interrogados para este testimonio, pidió omitir su apellido o incluso ocultarse bajo un nombre ficticio.

Ambas han iniciado los trámites para obtener el permiso de residencia en Canadá, donde Alexandra, investigadora, podría trabajar.

Las dos creen que la ley contra la propaganda gay es sólo el principio, y recuerdan las declaraciones de la diputada Yelena Mizulina, quien dijo que el Estado podría hacerse con la custodia de los hijos criados por parejas homosexuales.

Los gays, el enemigo número uno

Mizulina, que preside el comité para la Familia de la cámara baja, indicó hace meses que está elaborando una nueva política familiar basada en valores «tradicionales» como el matrimonio heterosexual, la prohibición del aborto, quitar los hijos a las parejas gays y prohibir que éstas adopten.

El mes pasado, el influyente patriarca de la iglesia ortodoxa, Kirill, calificó el aumento de la legalización de las bodas homosexuales en varios países de «síndrome de apocalipsis» contra el que Rusia debe luchar.

La retórica conservadora ha aumentado en Rusia de la mano de una intolerancia creciente. Desde 2005, el número de personas que cree que los homosexuales deberían tener los mismos derechos que el resto de la sociedad bajó de un 51% al 39% este año, según el centro de sondeos Levada.

Los crímenes contra los gays apenas se investigan, dijo a la AFP el abogado Ilnur Sharapov, que ha representado a personas heridas en manifestaciones gays por neonazis o activistas ortodoxos ultraconservadores.

En un clima cada vez más homófobo, a los padres homosexuales les preocupa qué pasará si a sus hijos les preguntan sobre su situación familiar en la escuela.

Olga, lesbiana de 34 años, no quiere mentir a su hija cuando tenga edad de entender.

«Cuando redactas una ley así, que no es clara, no quieres aplicar la justicia con ella, sino que estás planeando destruir», estima.

«Cuando el gobierno señaló a los gays como el enemigo número uno, quedó claro que es hora de irse», asegura. Olga está aprendiendo polaco y ahorrando dinero para marcharse al país vecino.

Una cadena de silencio

No es raro encontrar en Rusia a madres solteras o a dos mujeres que viven con un hijo. Pero en un país en el que los hombres casi nunca obtienen la custodia de los hijos en un divorcio, los hombres gays deben arreglárselas de otra forma.

Artyom, de 30 años, ha sido padre biológico de gemelos hace poco y ayuda a una pareja de lesbianas a criarlos.

«Quería tener hijos, fue una decisión consciente, y busqué a candidatas en internet», relata médico de San Petersburgo.

Artyom se casó con la madre de los gemelos cuando ella estaba embarazada y sus padres los ayudaron sin saber que su esposa tiene en realidad una relación con una mujer. Artyom pasa cada día un tiempo con los gemelos y les da de comer, los cambia y los lleva a pasear.

«Mantenemos nuestro anonimato y hacemos creer que somos una familia normal», explica, y añade que incluso difundió fotos de su boda a través de las redes sociales: «Mucha gente hace lo mismo».

Al igual que muchos rusos, cree que los homosexuales deberían mantener su condición en secreto.

«Es como una cadena de silencio», lamenta Alexandra. «Pero eso es ser cobarde, por eso queremos irnos».

El Nacional

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