Opinión

Genio y figura

Genio y figura

Eso de esperar que alguien  cambie o se arregle es la peor forma de  perder el tiempo. Las personas son como son y es muy difícil hacerlas cambiar, sobre todo en las cosas que los hacen radicalmente auténticos, por lo menos en lo inherente a su personalidad.

Si buscas a un hombre nuevo, procura a un desconocido. Igual, si quieres cambiar las cosas, no te sientes a esperar que pase. Mejóralas cuanto puedas, que para cambiarlas debes sustituirlas por otras. Mudarte de lugar o país.

Igual ocurre con las personas.

No puedes pretender arreglar a las personas como si trataras de reparar tu carro.

Para encontrar nuevas actitudes, debe contar con otras diferentes a las que ya conoces.

Los líderes de una sociedad responden a este patrón de conducta de manera más enfática. De manera que tampoco de ellos, esperes cambio alguno, sobre todo en lo que los hace especiales.

Esto quiere decir dirigente. “Un lobo pierde su pelo, mas no sus vicios”, reza un viejo dicho italiano.

Lo predecible suele tranquilizarnos, aunque no necesariamente sea lo ideal. “Más vale un mal conocido que un bueno por conocer”, es el consuelo de los conformistas, aquellos que aceptan el mal menor como un regalo de Dios.

Reflejo de la condición humana a niveles degradantes, para no decir mediocres.

Llegado el momento de escoger a nuestros dirigentes, nos enfrentamos al interminable dilema del cambio con los mismos  hombres.

¿Paradójico o utópico?

Encontramos la respuesta en la solidez institucional.

Antídoto infalible para detectar y desechar a potenciales déspotas que aún asoman cabeza por estos predios.

El Nacional

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