Opinión

Gente como uno

Gente como uno

Los presidentes de estas repúblicas bananeras parecen figuras de cera.  Sus agendas personales, si es que las tienen, no van más allá de dos o tres protegidos y asociados.  No sabemos si esto obedece a un disparatado plan de imagen o, simplemente, el poder les enajena el poco carácter o personalidad que hay en ellos.

Mientras en estos países pobres florece el caudillismo   de la forma más atrasada y ridícula, en los desarrollados, como Estados Unidos, Francia, Italia y Alemania, los mandatarios son de carne y hueso, con sus vicios y virtudes. Gente como uno. Estas sociedades les exigen ser de verdad y por estos lados se dan el lujo de ser de mentira.

A Obama le encanta ser Obama. Si se comportara como un dios, seria otra cosa, menos el hombre que el pueblo norteamericano desea tener. Berlusconi es un mujeriego  que no cambia su vida por las reglas y el protocolo que el poder exige.  Sarkozy no le sigue los pasos a su colega italiano posiblemente por las manos duras, la cara bonita y el cuerpazo de Carla Bruni, diosa francesa que le roba el corazón. Esta es gente como uno.

 Lo verdadero en tanto signo de grandeza. Estadistas que se excitan,  lloran, te dan una palmadita en la espalda, brincan y patalean, como cualquier mortal. “Verdaderamente, el ser grande no consiste en agitarse sin una razón poderosa; antes bien, en hallar noble motivo por un quítame allá esas pajas cuando está en juego el honor” [De Hamlet / Shakespeare].

Aquí nos las pasamos exigiéndoles sinceridad a los líderes políticos, mientras exaltamos, con asombro, cualidades que no concilian con tal virtud. Se oye decir que este  o aquél Presidente “se traga un serrucho al revés o un tiburón  sin eructar. ”Vaya destreza”.

Se acaba el mundo y el Presidente como si nada. “Eso es lo que se llama un león”, celebra un par de tontos. Le importa un bledo que el lago Enriquillo se trague al Sur. Mucho menos que el cólera mate a medio centenar. Esas no son cosas del Presidente, entienden esos tunantes.

En Brasil, México y EU  vemos a sus presidentes socorrer a familias en apuro. Aquí, las humanas y sencillas parecen ser cosas ajenas al poder. Eso nos hacen creer los que, por el momento, ocupan el Palacio.

[El título de este artículo es gratamente tomado, por supuesto, de la premiada película de Robert Redford, estrenada en 1980].

El Nacional

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