A título personal, hoy quiero compartir desde esta trinchera, mi experiencia del pasado viernes. Había invitado a cenar a un grupo de amigos. Debido a mis pocas habilidades culinarias, preferí ordenar una paella al Cantábrico, un restaurante cargado de historia, donde hacen la mejor paella del mundo.
Mientras esperaba para ser atendida, coincidí con un amigo y este me presentó a un señor mayor que estaba en la barra.
– Mucho gusto, Lilliam Fondeur, dije con naturalidad y cortesía.
– Ah, es usted la que escribe en El Nacional
– Si, la columna de Ginecología Actualizada.
Luego de comentarios enriquecedores sobre la misma, me preguntó si por casualidad soy pariente del doctor Juan Isidro Fondeur Sánchez, un abogado que tenía su oficina en la avenida San Martin.
¿Cómo diablos este acabado de llegar se mete en mi intimidad echando abajo todas mis defensas?
Elevo el pecho. Con los ojos brillosos, transpiro emoción. Llena de orgullo y tartamudeando le digo: Juan I Fondeur era mi padre.
En su rostro rubricado por los ramalazos del calendario, se instaló una expresión de alegría, sus ojos se iluminaron. Se levantó del asiento y nos fundimos en un fuerte y auténtico abrazo. Como si nos conociéramos de antes, como si fuéramos familia. El amor compartido nos unió, el amor a la amistad.
Mientras me contaba aventuras vividas con mi padre, la emoción lo embargaba. Repetía: Juan Fondeur era un hombre serio, muy serio, muy honesto, de los que ya no quedan. La honestidad era su columna vertebral. Cada vez que alguien se refiere a él lo resalta. No fue nada nuevo para mí. Lo que si fue divino, fue la expresión de alegría, de añoranza, satisfacción, de amor en este hombre octogenario. Sus ojos trataban de identificar las huellas de papi en mí. Insisto, la amistad es el amor eterno.
Hace 19 años que papi partió. Me dejó de herencia una carrera profesional, una mochila cargada de alegría, libertad y un nombre con olor a dignidad. ¡Qué maravilla! Papi, soy feliz, las estelas de tu amor me salpican.
Entonces me pregunto. ¿Es que los hombres y mujeres corruptos, no piensan en sus descendientes? La historia no perdona. Nuestro tiempo en la tierra es limitado. Quizás soy una ingenua, pero imagino que a nadie le interesa dejarles de herencia a sus hijos una maleta de vergüenza.
En esta navidad los dejo con las palabras de José Martí: La pobreza pasa, lo que no pasa es la deshonra
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Dra. Lilliam Fondeur.

