La sociedad se estremece cuando muere un gran hombre, quien esparce tras él toda la libertad abrigada en su pecho. Convocando nuevas fuerzas, provoca las más encendidas pasiones, dormidas o envilecidas hasta entonces.
Hay suficientes motivos para llorar su partida y reflexionar sobre las ingentes hazañas emprendidas a lo largo de toda su carrera, cotejada con el grado de participación de todos y cada uno de los que hemos sido testigos de excepción. Defectos y virtudes aparte.
Cómplices o apático, hemos sido responsables de los errores y fracasos que aún oprimen lo que nos queda de bondad, prodigas por las armas grandes, con sus obras. Se confunden las jerarquías políticas y económicas, entre la hipocresía y los auténticos sentimientos de solidaridad y gratitud para convertir sus honras fúnebres en una demostración memorable. Digna de sus grandiosos aportes.
Se trata de toda una generación unida con sus diversas pasiones, aspiraciones e ideas, abrazada a la grandeza que, unos y otros, aplaudieron y combatieron, indistintamente.
De todos modos, cada bando escribirá la a su manera. Retorciéndola o narrándola con objetividad deberán destacar las condiciones que le ataron infinita y generosamente a la compasión y a la alegría.
Hizo de su vida en un instituto de alegría, sin olvidar el compromiso social que también revelaba su vocación de dicha y libertad. Por ello, acaso oprimido por los acontecimientos políticos, lanzó hace poco un grito de esperanza, reclamando respeto a las instituciones democráticas al tiempo que denunciaba, con energía, oscuros asomos de una nueva dictadura, frente a cuyas amenazas se mostró valientemente dispuestos a tomar las armas otra vez, de ser necesario.
La alegría, la risa, la caridad y la libertad que nos dejas, como semillas sembradas nos comprometen con el futuro. Emular sus obras y responder a este último llamado de esperanza y resistencia es el mayor homenaje que le podemos tributar. Gracias Freddy.
