Santo Domingo se ha convertido en una gran ciudad. El que regresa al país después de 30 años en el exterior, quedaría sorprendido. Sorprendido no sólo por los túneles, el Metro y los elevados, sino por la inmensa cantidad de torres construidas y un llamativo parque de vehículos lujosos.
¿A qué atribuir ese crecimiento económico? Hace apenas décadas nuestra economía dependía de sus exportaciones de azúcar, café y cacao, pero al caerse la venta y producción de esos rubros la economía de servicio constituyó la salvación. Entiéndase zonas francas, turismo y remesas.
Con la crisis mundial, el flujo de turistas ha disminuido. También, en los últimos años, llegan menos dólares y euros por los evidentes inconvenientes de Estados Unidos y algunos países europeos. Ni decir de las zonas francas, que, por falta de competitividad en los costos de producción, muchas han colapsado o se han traslado a otros países centroamericanos.
Hemos tenido un intercambio comercial desfavorable y cada año la cuenta corriente de la balanza de pagos tiene saldo negativo. De todos modos, las autoridades suelen anunciar crecimiento del Producto Interno Bruto, el cual, en gran medida, no deja de ser cierto, aunque un tanto maquillado.
Aunque no se anuncia, el narcotráfico sostiene la economía nacional, y todo ese progreso que observamos en la ciudad es producto del lavado. Enfrentar seriamente al narcotráfico expone a serios riesgos de seguridad a las autoridades y erradicarlo equivale a la parálisis económica.
En los países en los que ha estado en auge el narcotráfico se registran altos niveles de criminalidad. Colombia y México son ejemplos evidentes.
El narcotráfico es el elemento causal principal de la criminalidad que registramos.
Tenemos una gran ciudad. Una ciudad llena de torres y vehículos de lujo, pero ¡a qué precio!

