La herencia del 2018 es dura, pero a la vez promisoria. Abundan señales contradictorias en el contexto de una crisis de confianza en los poderes públicos y privados, con porcentajes del 86 al 60 por ciento de rechazo al sistema de partidos, Congreso, Gobierno, Policía, corporaciones privadas…
La impunidad se mantuvo rígida a cargo de la dictadura institucionalizada bajo control del presidente Danilo Medina. Los procesos abiertos no han pasado de escenas teatrales, puros “mareos”: CEA, Tres Brazos, Tucano, Odebrecht, Diandino Peña, OISOE, OMSA…Pero al mismo tiempo creció el rechazo nacional al sistema de impunidad.
La corrupción siguió repuntando con nuevos escándalos, estimulada por la persistencia de la impunidad; pero ambas recibieron la condena más extraordinaria de la historia reciente: la Marcha Verde del Millón.
La reestructuración de las altas cortes ha sido en beneficio del danilismo y en contra del leonelismo.
Las altas cortes, que ni son altas ni son cortes, sencillamente cambiaron de dueño: de manos de Leonel Fernández pasaron a Danilo Medina, lo que indica que la dictadura constitucional disfrazada de democracia se reforzó, haciendo caso omiso al rechazo expresado en todo el país.
La voz del pueblo no fue tenida en cuenta por quienes temen soltar amarras, dada sus inminentes riesgos de perder fortunas mal habidas y libertad inmerecida. Pero el repudio a esa forma de gobernar tiende a reventar.
Nada, o pocas cosas andan bien, pero los gastos multimillonarios en publicidad pintan un país de maravillas que ya muy pocos/as perciben.
Los procesos contra la corrupción no han pasado de escenas teatrales de pésimo gusto

