Hoy se cumple un año del terremoto que en un minuto destruyó Puerto Príncipe, mató unas 300 mil personas y dejó millones de damnificados. Como si las Leyes de Murphy fueran las únicas que rigen aquel lado de la isla, un huracán, una epidemia de cólera y unas elecciones violentas después, Haití está peor. Y quizás lo más triste es que la ayuda va a seguir llegando a cuentagotas, y en República Dominicana seguimos de brazos cruzados esperando a que, por arte de magia, las cosas mejoren.
Los países desarrollados prometieron miles de millones de dólares en ayuda. Pero era sólo natural que antes de volcar esas sumas, que muy bien podrían emplear en sus sufridas economías, exigieran alguna garantía de que la ayuda no fuera dinero tirado al zafacón, como los otros cientos de miles de millones de dólares que durante décadas han vertido sobre países pobres en África, el Pacífico y en el mismo Haití. Y la realidad es que no hay garantías.
Las instituciones haitianas siguen siendo inexistentes tal y como lo estaban al segundo después del terremoto, y al segundo antes también. Si durante los años que estuvo Preval en el gobierno antes del terremoto nunca mostró interés en institucionalizar al país, ¿por qué habría de interesarse ahora? Naturalmente, la comunidad internacional tomó nota y bloqueó casi todo el acceso del gobierno haitiano a la ayuda que fuera a llegar.
Ante la carencia de institucionalidad en Haití, la alternativa sería la ONU a través de la Minustah. Pero en términos prácticos, la Minustah tiene demasiadas limitantes, y tampoco ha demostrado la ONU ser un organismo idóneo para canalizar ayuda.
Parece tener mayor importancia para la ONU dar la impresión de ser pluralista que ser un organismo eficiente. Al priorizar sus esfuerzos en que Nepal, Burkina Fasso o cualquier paisito bizarro de algún rincón esté representado en las fuerzas de la Minustah, la ONU parece descuidar su misión de mantener alguna especie de seguridad en Haití, y lo único que ha logrado es importarle el cólera.
Para este año 2 Después del Terremoto, es poco probable que las perspectivas cambien. Sin importar quien, finalmente, sea electo presidente, es de esperar que la comunidad internacional mantenga serias reservas hasta muestre no sólo voluntad de reconstruir las instituciones, sino resultados. Esto podría tomar años. Es atemorizante pensar lo que ocurriría si el nuevo presidente sigue la senda de fracasos de Preval, y el caos político se extiende.
Para República Dominicana, las perspectivas actuales de Haití significan un problema grave. Las gestiones para motivar el envío de ayuda seguirán siendo infructuosas. La falta de institucionalidad y las limitaciones de la Minustah seguirán siendo combustible para la crisis social y de salubridad que ha ido contagiando nuestro país. Al estar plantados en la misma isla este es nuestro problema; los miles de haitianos cruzando la frontera y el centenar de enfermos de cólera en este país debería ser suficiente demostración de ello. Como tal, es tiempo de que empecemos a ser más activos y hasta intrusivos con Haití para resolverlo, si es necesario.

