Que Haití es una nación signada por la tragedia. Que Haití ha tenido una historia marcada por las caídas. Que los haitianos han roto con la estirpe de sus fundadores. Que Haití ha sido robada por nacionales y extranjeros. Y un sin fin de lastres, que mejor nos paramos de enumerar.
Pero ahí está Haití; Haití no desaparecerá, para felicidad de los suyos y de los que le aman.
Como si la carga no fuera suficiente, ahora Haití se enfrenta al mayor desafío que haya padecido una nación de su tamaño. La furia de la naturaleza, convertida en mortífero terremoto le ha embestido. El número de muertos y las pérdidas materiales son incontables.
La República Dominicana se ha probado a sí misma. Confieso con orgullo, que no sabía de la capacidad de bondad y desprendimiento de mis compatriotas. El apoyo que los dominicanos estamos dando a Haití, desborda los limites de nuestras posibilidades.
Elpresidente Leonel Fernández y el gobierno en su totalidad, han actuado con prontitud y con gran sentido de oportunidad. De todas las clases sociales, se ha escuchado el clarín de la solidaridad. Nadie ha sido indiferente, y todos se esfuerzan por tratar de morigerar la desesperanza y el dolor que taladra el corazón de los hermanos haitianos.
El afán de protagonismo de algunos, no podía faltar. Hay gente, que no termina de extender la mano, cuando ya quiere recibir reconocimientos. Por suerte, la inmensa mayoría corresponde a los que cumplen con un mandato de su conciencia y no les interesa que una de sus manos sepa lo que hizo la otra.
Ese mismo protagonismo, nos viene desde afuera. Es una vergüenza que cuando todavía no han terminado las labores de rescate, y las aceras y calles siguen cubiertas de cadáveres, haya naciones compitiendo por sacar ventajas de la desgracia de sus semejantes.
El terremoto, con su secuela de daños, parece haber roto la sordera de la comunidad internacional. De ahora en adelante, no habrá excusas para amagar y no dar. Todos, comenzando por las naciones más desarrolladas, tienen que poner sus ojos sobre Haití. La solución, como se ha dicho, debe abarcar el corto, mediano y largo plazo.
Más allá de las necesidades coyunturales, hay que pensar en la viabilidad de Haití como Estado. Y esto sólo se consigue con un plan de desarrollo, a 10, 15 o 20 años.
Los organismos multinacionales y los países ricos, tiene la palabra. Lo más importante es no perder el impulso que ha generado la tragedia.

