POR EURIPIDES URIBE PEGUERO
No son oportunos el pesimismo ni la desconfianza en las palabras de quienes están llamados a tomar las decisiones para enfrentar las adversidades previsibles a causa de esta crisis global.
En igual forma, el derroche de optimismo resulta el extremo de la burla, cuando el futuro incierto se adorna con la oratoria hiperbólica y brillante, si son las decisiones firmes, la voluntad política y las actitudes positivas que muchas veces nos faltan, las que determinan el porvenir en un momento acuciante.
Aunque ni el sectarismo político ni otras pasiones deben llevarnos a negar la solidaridad que esperan los conductores del Estado para sumar esfuerzos frente a la situación que a todos nos afecta, corresponde a la dirección política encausar sus promesas en contextos sinceros y realizables, despejando los matices electoreros, las palabras vacías y el tono etéreo y demagógico.
En su discurso al país en la noche del lunes 8 de diciembre, el Presidente de la República hizo nuevas promesas a la nación en este momento crucial de una crisis internacional, que inexorable e implacablemente nos toca y sobre la cual, el mandatario había dicho que estábamos blindados.
El implícito reconocimiento que hizo el Presidente del error en esa apreciación, tan improbable como política, no fue el único punto de atención a sus palabras, enfocadas sobre diversos aspectos de interés. El discurso tiene el mismo esquema de los anteriores.
Al tiempo que el mandatario fue meticuloso en destacar las razones externas que influyen en la crisis local, se trata de deslumbrar al país con las mejores perspectivas para su futuro; grandes proyectos y medidas contundentes. El discurso se resume en un compromiso de hacer, desde el gobierno. En otras palabras; en nuevas promesas.
En el momento de confiar o no en el contenido de un mensaje prometedor, necesariamente se debe evaluar la credibilidad de quien lo dirige. Si sobre los discursos del Presidente en los últimos 4 años, buscamos el balance entre las promesas que se han hecho y las cumplidas, el resultado desfavorece lo último.
Cada pieza oratoria es expresión inequívoca de una elocuencia que resulta impresionante ante partidarios y hasta para sus adversarios. Sin embargo, la decepción se produce cuando se descubre que esas dotes expresivas, resultan atributos empleados con una retórica exclusiva para apaciguar inquietudes ante situaciones críticas, sobre la base de ofrecimientos que pocas veces se cumplen. Se demuestran las habilidades propias del político locuaz, capaz de convencer, pero sin que posteriormente se produzca el sustento a las palabras con los hechos concreto que demandan. Es este incumplimiento habitual, lo que da espacio a la incredulidad.
La norma ha sido, que mientras lo prometido pasa al olvido, se realizan aquellos proyectos que solo estuvieron en un sueño del Presidente o de un funcionario ejecutor, altamente beneficiado con grandes obras que no se prometieron, pero tampoco fueron pedidas, aunque sí son posibles de capitalizar políticamente.
En el fondo, todas las motivaciones para hacer o dejar de hacer, tienen una explicación política o económica en lugar del imperativo social; las simples promesas, cuando cumplen ese cometido y las obras que se prestan a ese propósito, se han convertido hace tiempo en la base que motoriza el proceder oficial.
El 16 de agosto del 2004, el Presidente creó expectación con la promesa de disciplinar el gasto público, pero el gran derroche de recursos que a partir de entonces se produjo con la designación de cientos de funcionarios innecesarios, el despilfarro de dinero en la adquisición de costosos vehículos, los aumentos de sueldos exorbitantes a los funcionarios, viajes continuos con grandes comitivas, múltiples actividades dispendiosas, etc., expresaron un comportamiento contrario a lo que se había prometido ¿Cómo creer que se reducirá el gasto público si ha sido prometido tantas veces y luego de hacerlo lo que se comprueba es que se duplica o se triplica?
A pesar de las reiteradas promesas de no poner más impuestos, la población ha recibido la carga de tres pesadas rectificaciones fiscales, comprobándose que aquellas promesas solo fueron parte del discurso electorero para ganar simpatías ¿Cómo creer ahora en el nuevo compromiso de que no habrá más impuestos?
¿Cómo creer que se enfrentará el grave problema eléctrico, cuando un importante funcionario vinculado al área dijo hace más de 5 años que su gobierno resolvería ese problema en 90 días y este sigue actualmente de mal en peor?
¿Cómo creer que se enfrentará la delincuencia con medidas efectivas si se está haciendo en distintas formas desde agosto del 2004 pero la criminalidad llega a los extremos que estamos palpando y las estadísticas recién publicadas por la Procuraduría General de la República informan que en este último año la violencia aumentó en un 22%? ¿Cómo creer que se combatirá la corrupción, si esto fue prometido en el discurso de toma de posesión del primero de estos últimos periodos y luego se comprobó que solo fue un instrumento político utilizado para desacreditar opositores, mientras la corrupción del gobierno se revestía de impunidad ante la indiferencia del Ministerio Público?
(El autor fue jefe de la Marina de Guerra).

