La “Generación del 60” fue constituida por un grupo de jóvenes que se vio atrapado entre el final del trujillismo, el existencialismo sartreano y la Revolución Cubana. Debido a las búsquedas de salidas para escapar de aquella asfixiante encerrona, algunos de sus miembros sufrieron cárceles y torturas, pagando varios de ellos con sus vidas.
Sin embargo, esa generación fue la heredera de lo mejor y peor de la dictadura trujillista: excelentes profesores, una disciplinada organización escolar y el férreo orden que emana de las dictaduras, donde la mano despótica y asida al terror obliga al silencio emanado desde el otro y a la claudicación del mañana. Por eso la llamé, y la llamo, una generación maldita.
Desde ese contexto, la “Generación del 60” avizoró lo que ocurría al otro lado del mundo y se embriagó con aquellos acontecimientos. Y si los ecos de la Revolución Cubana llegaron hasta Suramérica, África, Europa y Asia, levantando resonancias, no hay que hacer mucho esfuerzo para imaginar cómo repercutió en un Caribe que aún soportaba las dictaduras de Trujillo y Duvalier —en nuestra isla— y de Somoza en Nicaragua.
La Revolución Cubana se insertó en los pechos de aquella generación como una saeta disparada a quemarropa, abriendo más aún las heridas que el Roquentin de “La Náusea”, de Sartre, y el Meursault de “El Extranjero”, de Camus, le habían provocado, embriagándola con las esencias de un existencialismo cuyas ranuras ideológicas dejaban ver claramente una posible viabilización hacia el marxismo.
En aquellos días no había posibilidad de otear en el país a Marcuse ni a Althusser. Aquel era un estadio histórico donde las únicas orillas ideológicas se entrampaban entre Washington y Moscú. Y aunque las brisas de los beatniks llegaban a través de Kerouac y un Ginsberg que aún no arribaba a su “Alarido”, fueron Camus y Sartre los que llevaron a esa generación a pensar y recapacitar de que, verdaderamente, el infierno estaba en los otros y que la inocencia podía quebrarse con la acción.
Por eso, en los tempraneros años de los 60’s lo que escribía aquella prodigiosa generación brotaba con el temblor de la inocencia perdida, ya que lo hacía sin la posibilidad de una severa edición, ciñéndose lo escrito a ser leído entre ellos y luego escuchado por auditorios que, a partir del 62, Silvano Lora, José Ramírez Conde, Antonio Toribio, Iván Tovar y Bello Velardi —tras constituir el movimiento “Arte y Liberación”— se abrieron a obreros, campesinos y estudiantes, con la consigna de que la estética era un faro de luz, algo así como un resplandeciente sendero para explicar los goces de la existencia.
Y ese era el enorme gusto, la asombrosa satisfacción, de aquella generación maldita del 60, cuando leía en alta voz y publicaba en esténcils las historias que escribía: ser escuchada por auditorios de obreros, campesinos y estudiantes, capaces de sentir un estremecimiento vital para abrir caminos de esplendor y esperanza que, hoy, están siendo borrados de nuestras vidas.

