De Hipólito Mejía se creía que sólo no administraba lo que decía, como demostró cuando por su condición de Presidente de la República la prensa se hacía eco de todas sus ocurrencias. A sus habituales exabruptos se caracterizó siempre por decir lo que no tenía que decir, algo muy propio de su temperamento. Su nefasto protagonismo lo convirtieron en la peor imagen de un gobierno al cual paradójicamente se atribuyen muchas realizaciones. Pero ahora parece que ese Hipólito de quien el país tuvo que salir para liberarse de la pesadilla a que lo tenía sometido tampoco no calcula, en el mejor de los casos, las cosas que hace. Se ha convertido en el gran obstáculo del proceso de reconstrucción del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) a través de los mismos métodos que lo llevaron a abjurar de la reelección presidencial para luego imponerse a la fuerza como candidato. No ha hablado de irse a sembrar yuca, como se despachaba con las apuestas de su tiempo de gloria, pero un político que no pega una, que ha perdido el respeto, debería por lo menos reflexionar sobre sus acciones. Hipólito maldijo sus afanes reeleccionistas, pero como no se arrepintió ni con golpes de pecho no se le podía creer. Juró echarse a un lado en la lucha interna del PRD, pero se quedó en el mismo sitio, con el agravante de volver al ruedo como una tromba desde que se abrieron las posibilidades de poder optar por el poder. Es tanto el daño a la de por sí marchita imagen del PRD que proyectan sus acciones, que al parecer esa organización tendrá que emular al país para liberarse de su influencia. Cierto es que la nación está abrumada de conflictos de toda índole, pero es que también el ex gobernante se ha convertido en un problema. No sólo el perredeísmo, sino el sistema de partidos estarían mejor plantados si la política fuera más racional y menos personal.

