Cuando el sociólogo británico Anthony Giddens advirtió en su famoso libro «Un mundo desbocado» que el fenómeno de la globalización iba a transformar nuestras vidas, no solamente en lo económico, sino en lo
político, en lo cultural y por supuesto en nuestra forma de pensar, todos estábamos muy lejos de asimilar que nuestro país como parte de esta aldea global, iba estar enfrentando el fenómeno del narcotráfico como elemento perturbador de la gobernabilidad.
Y así es. La acusación que pesa sobre Francisco Antonio Hiraldo Guerrero, ex jefe de operaciones de la DNCD en el período del 2006 al 2008, de haber sido un agente del narcotráfico internacional, pone de manifiesto nuevamente las debilidades de nuestras instituciones llamadas a garantizarnos un verdadero Estado de derecho. Y más aún,hace relucir en todo su esplendor, la doble moral con que somos gobernados.
Los profesionales de la política habían manifestado en un orden de prioridades, que la inflación, la pobreza extrema, la exclusión, la desigualdad, el racismo, los derechos de ciudadanía, y la asimetría de la información, eran los elementos desestabilizadores de nuestras democracias y por lo tanto, nuestros principales desafíos contemporáneos.
Sin embargo, las espeluznantes declaraciones del procurador Francisco Dominguez Brito y el mayor general Rosado Mateo sobre las facilidades que supuestamente brindaba de una manera directa el ex capitan de navío Hiraldo Guerrero a la red de Quirino Ernesto Paulino, nos obliga a todos a hacer conciencia de la realidad que vive el país.
No hay manera de ocultarlo, el auge del crimen organizado, los escándalos de narcotráfico y de corrupción administrativa, obliga a toda la sociedad dominicana, a hacer un alto en el camino, y a emplazar a sus autoridades, a ejercer el liderazgo legítimo de empoderamiento, para asumir con responsabilidad y sin demagogia, un problema que amenaza nuestras vidas en sociedad organizada.

