Don Celso Benavides, quien acaba de partir con la misma discreción con que vivió, no era una figura mediática. La enseñanza y la investigación no le dejaban tiempo para exhibirse ni participar en los debates a través de los medios, pese a la autoridad que tenía, sobre la educación y el papel de la Lengua. Lo hacía en otro escenario: en la Academia de Ciencias, de cuya comisión de Lengua y Literatura era un miembro distinguido. Aunque muchos lo consideran el lingüista más respetado con que contaba el país, Benavides era, por encima de todo, un maestro. Impartía docencia por vocación, para enseñar, en lo que se empeñaba al máximo. Porque, decía, no es maestro una persona que no se identifica con lo que hace ni conoce lo que enseña. Para sus discípulos ese profesor humilde y sereno, aunque recto, era un sabio. Benavides era un académico y un intelectual progresista. Cuestionaba el papel policial de la Real Academia Española de la Lengua, porque entendía que la lengua cambia constantemente, sobre todo por el juego de sus fuerzas internas, en equilibrio siempre inestable, que llevan a la transformación paultina de su fonetismo, de su léxico, de sus paradigmas morfológicos y aún de sus patrones sintácticos. Ese Celso Benavides que ha muerto no sin luchar como un gladiador agregaba a sus múltiples cualidades la condición de ciudadano ejemplar. Las reglas no son inmutables, decía, pero para exigir, desgraciadamente, hay que cumplir. Son las leyes del sistema en torno al cual nos regimos. Aunque no nos guste. Hoy, dondequiera que se encuentre, estará escudriñando el medio para aprender y enseñar, con la misma tranquilidad con que vivió. Por sus valiosísimos aportes a la enseñanza ese maestro y lingüista, que supo asumir sus responsabilidades y que jamás se congració con ningún sector para escalar posiciones ni recibir distinciones, sí es merecedor de un digno homenaje póstumo.

