Opinión

Inadaptados

Inadaptados

Recientemente, casi me sonrojo como si fuera una colegiala cuando observé en uno de los vagones de un tren cómo una pareja se besuqueaba y “estrujaba”, cual si fuera una acción pudorosa.

Me dirigía en el tren F hacía East Broadway de Manhattan, a visitar mi hija Pamela, que había adquirido un departamento en ese entorno.
La temperatura estaba baja; el vagón que ocupaba estaba atestado y muchos íbamos de pie. A mi lado, un joven de aspecto dominicano y una joven evidentemente asiática, se “samaban” constantemente. Se besaban de tal forma que oíamos los “chasquidos” de unos besos chupados que parecían muy húmedos, y nada convencionales.
Para colmo cuando volteé hacia la derecha, dos jovencitas se besaban hasta la saciedad como si estuvieran en otro lugar. Me sentía inquieto; un joven, evidentemente anglosajón, me observó y medio sonrío. Entendía mi situación.
Pero pese a que casi sudaba ante aquellas escenas a las que no estoy acostumbrado, observé que una niña de unos nueve o diez años sentada al lado de su madre observó a las parejas, en ambos extremos, y pareció no importarle. Asunto de adaptación y costumbre.

Puedo comprender esas “caricias” en la soledad de un cuarto. Me pregunto una y otra vez si estoy desfasado; desubicado o qué cosa. Adjudicando además, a estas particulares muestras de “amor” y afectividad, a la globalidad que en todos los órdenes prevalece hoy en las naciones denominadas de primer orden.

Por vergüenza y pudor me resisto a ciertas acciones
Luego de ese trance, extrapolando mi desasosiego, prácticamente sentí un complejo de culpa; medité sobre cómo para el hontanar de muchos de mi contemporaneidad, y significativa parte de dominicanos, estas actitudes son inaceptables, no así, para las nuevas generaciones.

Tal vez, con sus diferencias, los dominicanos de mi ciclo, por vergüenza y pudor, nos resistimos a aceptar ciertas actitudes. Esa renuencia quizás indique que estamos atrasados. Realmente no sé.

Es hasta extraño que rechacemos una práctica que en los países avanzados, para la gran mayoría, resulten intrascendentes y normales.

Sí que resulta paradójico que, de algún modo, los dominicanos nos hayamos acostumbrado a los actos de corrupción de los funcionarios y todavía, en nuestro caso y al correr casi treinta años, seamos unos inadaptados de este lado del mundo, en algo que hace menos daño. Aunque parezca un contrasentido, parecería que somos intolerantes en estos asuntos “triviales”, pero en cambio, todavía, toleramos la corrupción.

El Nacional

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