El feminicidio de Luz María Rodríguez, asesinada por José Ramón López, ambos esposos de 65 años, con la complicidad aparente de Gaudi López Rodríguez, su hija de 26 años, destapa el incesto para un país como el nuestro, que mantiene los temas escabrosos en la ignorancia voluntaria y la negación.
Personas trabajadoras de la violencia, tenemos la sospecha empírica de que, en este país, el incesto es una práctica criminal extendida y ocultada, de la que no existe el reconocimiento necesario, por lo que, para el caso de Loma de Cabrera, los comentarios en los medios fueron desoladores.
Analistas -y hasta especialistas analizando- demuestran falta de encuadre teórico científico y abundancia de atrevimiento para enfocar el tema, determinando la culpabilidad de la hija incestuosa a partir de una serie de prejuicios fundamentados en la edad adulta de ella, que demuestran una ignorancia sin exigencias, por la costumbre inveterada de opinar a como de lugar.
Algunas personas de la comunidad de Loma de Cabrera nos relatan aspectos interesantes de la profesora y su familia que llaman la atención a la posibilidad de un doble crimen, el del feminicidio y el del incesto descubierto por la víctima, una persona tranquila y respetada en el lugar.
La confesión de la hija de 26 años, señala el incesto consensual que agrava su situación y la implica seriamente en un primer momento de lo que debe darse como una investigación a profundidad y con experticia, que nada tiene que ver con la superficialidad de los comentarios que hemos estado oyendo y leyendo.
Las informaciones obtenidas con gente del lugar, señalan a la hija también posible víctima de un masculino violento que durante cuatro décadas de matrimonio fue maltratador de su esposa, con antecedentes policiales de violación sexual, impune por la intervención de familiares y probablemente, de la víctima con baja autoestima, acostumbrada a aguantar y esconder su propia desgracia.
De la hija, se refiere que llegó a cursar una carrera en la PUCMM de Santiago, que no terminó, que era sumamente reservada y hasta parejera, probablemente, una conducta que le aseguraba distanciamiento para no tener que delatar su propio calvario. Es ella la que confiesa el crimen de su padre y las razones que lo provocaron, explicando a las autoridades que fue obligada a borrar la escena del crimen y cambiarla, relatando como fue sedada por el feminicida para no actuar en su contra.
No se debieran medir con la misma vara a la hija, cómplice por el estado de necesidad, que al padre violador, incestuoso y asesino, cuyo perfil retrata a un masculino violento que muy probablemente es el único responsable de tanta desgracia.

