Son muchos intereses en juego en las elecciones municipales del 16 de febrero. El proceso compromete tanto a la Junta Central Electoral (JCE), que es la tiene que garantizar el orden y la transparencia, como a los propios partidos políticos. Está a la vista que los resultados constituirán un parámetro sobre las congresuales y presidenciales de mayo.
Más que el liderazgo de los candidatos el proceso medirá la incidencia de las organizaciones. Pero el principal desafío está en que el certamen se efectúe con el más elemental apego a las reglas de juego. Si bien por ahora prevalece el optimismo, abundan lógicas inquietudes. Y no es para menos.
Las municipales, congresuales y presidenciales no solo dejarán una marca, sino, por lo que se proyecta, modificarán el escenario político. Leyes como las de partidos políticos y de régimen electoral, que por primera vez regulan el proceso, son importantísimas, pero en modo alguno la panacea para garantizar un sufragio libre y transparente.
De la actitud de la JCE dependerán muchas cosas. Las auditorías forense y técnica a los equipos del voto automatizado son valiosísimas, pero no despejan por completo la atmósfera en torno al proceso.
La sociedad es la que debería tener la última palabra, pero sus expresiones son esporádicas. Buenos candidatos, que han desarrollado un sólido liderazgo gracias a su capacidad de trabajo y trayectoria, no pintan mucho. Son figuras potables en cualquier boleta, pero la conducta no es siempre lo que ha imperado. La realidad indica que ante el panorama que se ha creado, con tres importantes fuerzas políticas que saben el impacto que tienen los resultados de las municipales, nada puede descartarse en aras de resultados favorables.
A todo, intriga la carencia de recursos, que han tenido un peso tan determinante, que se ha verificado en el actual proceso. Y un buen ejemplo fueron las navidades, en que el abrazo de políticos que en el pasado tiraban la puerta por la ventana apenas se sintió.
Los partidos que resulten airosos en las municipales estarán mucho más cómodos, sobre todo por el efecto sicológico. Amén de que los resultados en un país donde apenas se practica el voto preferencial son capitalizados por la fuerza política. En función de necesidades o realidades del momento el sufragio por aquí, además de inducido, siempre ha sido más emotivo que reflexivo, pautado por la corriente que prevalezca en determinadas coyunturas.
Con todo, por lo tradicionalmente bronco que es el dominicano, existirá siempre su resquicio de duda sobre la transparencia. De hecho, todavía son muchos los que no creen en los comicios, considerándolos una pérdida de tiempo. Los resultados marcarán el escenario.

