Opinión

Introspección sobre el autoengaño

Introspección sobre el autoengaño

En la parte concerniente al infierno del poema épico “La Divina Comedia”, Dante Alighieri relata que su octavo círculo denominado “Fraude”, está ocupado por los engañadores. De modo que si se parte de esa premisa, no puede ser casual que siglos después, el Derecho, en tanto disciplina para la administración de justicia, haya acuñado el aforismo: “El fraude lo daña todo. Sin embargo, sin que cause sorpresa alguna, hay personas cuyo norte es rendirle culto a la mentira; al punto de llegar al autoengaño, al engaño propio.

Y, ¿cuál podría ser el propósito del autoengaño? A menos que sea una pseudopatología,  es lógico concluir que se trata de una actitud que procura una justificación,  ante el dedo acusador de la ética.  Es decir, el autoengaño vendría a ser un mecanismo de defensa que usa quien conscientemente quiere transgredir un canon de índole social, moral, o religioso, con el propósito de creer que no es culpable del hecho; que su acción, no mancilla su buen nombre.

Estos sujetos están en cualquier parte, pero donde más abundan es en la política. Solo hay que abrir los periódicos o escuchar o ver los noticiarios para encontrar que un sicofante que se dice político defiende lo insólito con tal vehemencia, que hasta puede llegar a confundir. Lo único que lo diferencia del fanático furibundo, es que éste se expresa con más pasión que razón, mientras que el simulador miente con plena conciencia.

Lo lamentable del caso, es que, en su mayoría, son personas promisorias que podrían tener futuro brillante; pero, al parecer, en el fondo, desconocen su potencial de éxito. En consecuencia, no cultivan lo que requiere la excelencia, y terminan siendo títeres vulgares a los que ni sus propios titiriteros les celebran sus marionetadas. 

El ingeniero Miguel Vargas se autoengaña cuando dice que con su actitud defiende la institucionalidad del PRD.  Cualquier diría que en vez  de enseñarle a amar su partido como lo amó él, Peña Gómez lo instruyó para que lo odiara de manera visceral. Dios, ¡otro sarcasmo de la vida!

El Nacional

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