Es obvio que el licenciado Danilo Medina aprendió de Juan Boch a interpretar las reacciones sicológicas y sociales de los dominicanos; luego de que lo acogiera en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) después de que, inexplicablemente, anduviera con una Biblia debajo del brazo predicando la liberal verdad de los Testigos de Jehová y pregonar el antirrevisionismo de los pacoredistas. Como si se tratara de una parodia del bolero del Trío Los Panchos, la historia vuelve a repetirse.
En los últimos 365 días, y primeros de los poquito menos de un mil 460 que gobernaría, el dichoso de Arroyo Cano lo que les ha apurado a los dominicanos de a pie es mucha espuma y poco chocolate. El chocolate se lo guardó para degustarlo junto a los paniaguados que, ataviados de periodistas, le celebran que se presente ante los muertos de hambre que pululan por doquier en esta media isla, como alguien diferente al otro, un hombre sencillo que practica la solidaridad.
A sabiendas de que carece de un carisma cautivador y de un discurso estimulante, atributos imprescindibles en un auténtico líder, como fueron Peña Gómez, Balaguer, Bosch; y es Leonel para lograr empatía con los depauperados de ese abstracto denominado pueblo, Danilo trata de crear una percepción de humildad que no le queda; ni siquiera guarecido bajo la sombra de una cándida sonrisa.
Tiene unos lamboncitos y chimichurritos, como los llamaba el doctor Francisco Carvajal Martínez, que se dedican a decirle a la gente ordinaria que Danilo tiene un fardo de buenas intenciones en las que ni ellos mismos creen. Valiéndose de encuestas falseadas, los lambiscones de turno pretenden convencer al colectivo nacional de que la mayoría de los dominicanos aprueba el primer año de gobierno de Danilo.
Sin embargo, lo cierto es que en el año recién transcurrido el presidente Medina se ha hecho reo de la justicia por omisión. Él sabe de los desmanes cometidos por Leonel y compartes, y no ha cumplido con el juramento de toma de posesión…
