El hecho de que precisamente Vladimir Putin fuera quien tuviera la visión premonitoria de las consecuencias que se derivarían del afán indisimulado del establishment estadounidense por intervenir en los asuntos internos de Siria, y frenara las mefistofélicas pretensiones de Barack Obama y su parigual John McCain, resulta una paradoja que lo catapulta como un estadista paradigmático.
Sin embargo, como si fuera algo axiomático, siempre suele suceder que la balanza del poder se inclina sin reservas hacia el lado que le conviene, y usa a los medios de comunicación previamente reclutados para que se dediquen a justificar la asquerosa obra mediática que realizan. No es por otra razón que se emplean hasta el desborde a ponderar y aplaudir actitudes indignas y, por demás, vergonzantes.
Hay que ser desvergonzado y tener muy mala ley, como canta el as de siempre Marco Antonio Muñíz, para que ciertos personeros de honda estofa se hayan atrevido a acreditarle una sensatez inexistente a un Barack Obama que lo único que procuraba, y acaso aún persiga es que el follón no hieda en Yamasá.
Sin embargo, la realidad es que aunque las lisonjas que unos cuantos han volcado sobre el presidente norteamericano, con la intención de desconocer que Putin fue el artífice de que hoy se hable de paz al trillar el sendero del entendimiento diplomático, las palmas son del concienzudo y mesurado líder de la nueva Rusia; la que más temprano que tarde con el concurso de la China continental, romperá la hegemonía del capitalismo salvaje que condenara el papa Juan Pablo II.
La actitud que asumió Putin el miércoles de escribirle al pueblo estadounidense a través de The New York Times, para reiterar su oposición a una intervención en Siria, y aplaudir la decisión de suspender la votación en el Senado y en la cámara de representantes, es merecedora de encomio. Solo los líderes de incuestionable liderazgo se manejan de manera tan certera en momentos verdaderamente cruciales
