Si de algo sirven aún los procesos electorales es para aliviar momentáneamente la carga de los pobres, darle un respiro acaso a la clase media y disminuir la presión fiscal que ahoga a los empresarios. Por lo visto, nos hunde la pobreza y en casa del pobre la felicidad dura poco. Es lo que, espiritualmente, somos los dominicanos.
Ha quedado demostrado, nueva vez, que, como instrumentos de cambio y ejercicio democrático de nada sirven las elecciones. Las recién finalizadas demostraron que al poder omnímodo del Estado es imbatible, Y ahora se confunden el PLD, el presidente Leonel Fernández y el Estado dominicano. Mezclados, se benefician el PLD y Leonel Fernández del carácter infinito y absoluto del Estado.
No hay señales auspiciosas que permitan ver que será diferente en los comicios del 2012. El control absoluto logrado por el PLD, supera con mucho el desgaste por el uso prologando del poder.
Si examinamos lo que de aprovechable pueda haber en estos procesos, tenemos que concluir, con tristeza, que nada en el orden institucional. Por el contrario, se han tornado degradantes e inútiles, dañando la base institucional del país y minando la confianza en el sistema.
Los pobres de nuevo a su corral. Motoristas utilizados y contratados en campaña, ahora reprimidos por agentes de Amet, despojados de sus medios de vida. Poblados que disfrutaron de un mes de agua potable, vuelven a lavar sus ropas en el río y a cocinar con agua contaminada. Barrios y comunidades que durante la campaña disfrutaron de 24 horas de energía volvieron a los apagones de 72 horas.
Los precios de la comida aumentan, prevalece la inseguridad y retorna la presión fiscal. Los privilegios y la corrupción crecen. Secuestrados los poderes estatales, sin que una ley de partidos equilibre fuerzas, no tenemos más remedio que aceptar la derrota del pueblo dominicano. Único perdedor de esta contienda sin fin.
