La palabra encinta
Si hay frases hechas, ¿cuáles son las que no? Si quisiera decir: por medio de la lectura accedo al fascinante mundo del conocimiento, que brinda puertos de acceso a universos paralelos de posibilidades infinitas , ¿Construiría un bloque de edificios simbólicos con palabras huecas, sobre un suelo de silabas artificiales, fabricadas con arena de verbo gelatinoso, -por movedizo-, cuyos apartamientos transparentes, podrían venirse abajo en cualquier momento; porque su zapata fue un producto natimuerto, prohijado por otro fontanero de dudoso talento y risible talaje, y de sabe Dios cual propósito, perversidad u objetivo?
¿Cómo hago, Dios de los Acentos, para que mis frases no estén hechas?
¿Cómo las edifico en su contrariedad de raíz y sombra de hombre, antes de que asome su fantasma a la punta de la lengua que la crea, la piensa, la siente y la justifica?
¿Cómo puedo sentirme pleno, si debo ser a deshora, el vigía en ayunas ante mi propio hacinamiento simbólico?
Pero si la intención de un escritor no es la de conformar una obra, palabra-a-palabra; transpuesta en imágenes servidas con urgencia, por vocales irreverentes y consonantes reveladoras, ¿Cuál es?
¡Explíquemelo desde su azoro maravillado, insufrible lector, amable crítico, encomiable ensayista, desorientado poeta, inmerecido homenajeado, encorbatado catedrático! ¿Dónde se haya ubicado el detonador de palabras sin formas ni cuna de nacimiento?
¿Lo proferido al instante no es? ¿O es que acaso se piensa que una palabra sale ilesa, luego de pasearse desnuda por los sentidos, los órganos, el alma y la imaginación de un hombre?
Un hombre pone en punto su mismidad, al instante en que intuye o profiere un concepto.
Cada palabra encierra un mundo de sentidos. Y éstos entrañan un cúmulo de símbolos y significantes reveladores; henchidos de micro universos que deambulan como ánimas o espíritus en las cosas y en los hombres; trasvasando las formas perturbadoras de su origen; ya hecha frase, palabra, idea o imagen.
De ahí el alfabeto y la aparición de la máscara como sistemas de representación. Al primero, el hombre lo inventó para descubrir vías de acceso a lo absoluto. Al segundo, para ocultar su anonadamiento ante los misterios contenidos en el enigma de la belleza.
Así nombró, cantó y apartó el hombre, a las cosas que halló a su paso en los primeros días de su accidentada residencia sobre la tierra.
Su primera acción fue la intención de fundar, para reconocerse pleno en su embeleso. Y todo lo hizo de día, armando frases -aún impronunciadas-, con su asombro a cuestas y su escondido coraje, por miedo a reconocer de noche la profundidad de sus límites.
Esta es la razón por la que el hombre intenta diariamente, con frases hechas, tapar el hueco que sabe característica de su inescrutable semejanza.

