El libro Pasajero del Aire (Editora Búho, 2010), de la autoria del laureado poeta Mateo Morrison (Premio Nacional de Literatura 2010), nos llega servido como entramado musical de leves accidentes formales, más un exasperante, por sólo aparente, halo de sencillez lingüística.
Siendo evocador de un tráfago heroico innombrado, paradójicamente, deviene texto de invocación de suplicios y ensoñaciones subterráneas.
De ahí que la multivocidad de su singular marco de referencia, logre desentumecernos ante los efluvios de la desidia de lo real, valiéndose de su gracia de alegorías en transito sinuoso.
Haciéndonos los cómplices activos de su viaje lúdico, mientras intenta decantar la sed de su decir poético embrionario, por una atmosfera de sendas descubiertas que siempre habrá de propiciar la pasión junto al signo que busca enmascarar hasta la eternidad, la aquiescencia del ser humano.
En Pasajero del Aire (libro traducido al inglés, francés, italiano y portugués), Mateo Morrison decanta también la semejanza de los desencuentros.
Provocado por un estallido interior, el poeta traza las coordenadas de su desasosiego particular y trata de rescatar el aporte fundacional de su genealogía.
Al tras de un decurso vitalísimo, evidenciado en ocasiones, confuso y trágico, el autor de Dorothy Dandrige (Editora Universitaria, 2006), presenta a un hombre intentando permear su identidad, mientras asume la segura derrota como cariz emblemática de su vacío.
Provenido de una cuna espasmódica y visceral, el hombre empequeñecido en su reflejo, encuentra una luz de escape en el impostergable abandono de su propio entorno, donde guiado por una estrella nueva, partirá sin remedio adherido a su luz. Viajará de cualquier modo: montado en el caballo que derribó a su abuelo; orillando los polos en un navío de árboles; subido en un tren donde las miradas de quietos pasajeros te hacen sentir distinto, o en el tanque de lastre de una embarcación librada de guardianes.

