La aventura política
A la políticase mete todo el que nada sabe hacer y guarda bajo la almohada el sueño, de alzarse con el paraíso, al menor de nuestros descuidos. En política hay tunantes y pordioseros, compradores de almas y mentecatos, arribistas, traidores y usureros, piratas, abusadores y damas de compañía.
Hay tártaros y mercachifles. Contratos de grado a grado y delaciones. Fajos de billetes verdes y maletines. Además; fortunas mal habidas y complicidades en derroche.
Y hay bufones de corte y llevaytrae ideológicos, caricatura de pasamontañas y revolucionarios de pacotilla, incapaces de transformar incluso su propia y otrora diminuta ínsula barataria.
Hay autores intratables y fuñones, como hay libros intragables, calzados por escribas mas-turbados que nunca. Y hay violadores y analfabetos. Libadores y narcotraficantes. Chulos, amanerados y penosos litigantes de maleada estrella. Y en su apunte secreto, hay represores disfrazados de civilistas y misóginos refrendados por historiógrafos de segunda como defensores de los derechos humanos.
La fauna política dominicana es pródiga y pendenciera. Para cada uno tiene su puesto reservado: tiene representantes que no representan y defensores que nada defienden salvo su inconmensurable patrimonio, compuesto por villas y autos, queridas en la provincia de origen y bienes raíces en el suelo extranjero auspiciante, así como cuentas en pesos y dólares, y máquinas prestas y nuevecitas para el secado y lavado de activos.
Me place develar su torso abonado por el estiércol. ¿Para qué sirve la palabra si no? Si uno hace un prontuario de las heces que entornan lo mísero y patético de esta sociedad, ¿no encabezaría la lista esa clase política?
Habida cuenta de las poquísimas excepciones por todos conocidas, hay que convenir que el ejercicio de la política, dista mucho del aserto romántico referido en el pasado por el patricio Juan Pablo Duarte.
El Padre de nuestra República veía la práctica política como disciplina a ejercerse con la noble misión de servir a nuestros semejantes, ajena por demás a todo egoísmo, y sólo superada en su esencia por la nobleza encarnada de las humanidades.
¿Qué haría Duarte? ¿Votaría por Ninguno? ¿Reviviría La Trinitaria? ¿Impulsaría una cruzada en la tempestad de pillos y depravados? ¿O se escudaría, como yo, bajo la égida inmarcesible de un significativo listado de excepciones? Que las hay, aunque pocas.

