Opinión

ISLARIO

ISLARIO

La política invisible

Decía  José Martí que “en política hay cosas que se ven y cosas que no se ven”, pero hay que decir también que existen cosas “que no se dejan ver”, ni oír, ni difundir.

¿De qué otro modo podríamos explicarnos la naturaleza casi fantástica de los últimos eventos?

Los partidos  ya no centran sus campañas proselitistas en propuestas y estrategias, otrora sindicadas como puntuales y necesarias. Tratan de atraer, sobre todo desde los grupos contrarios, a los que, en cada comarca o circunscripción, se saben buscar el voto “como el marido de la vaca”.

Ahora se está tras el aprovechamiento y estructuración de un liderazgo compuesto por fragmentos, integrado bajo el efecto efímero de la maleada selección múltiple. Sin importar que el resultado sea una vestimenta de carnaval; hecha de espejos rotos, sonajas plateadas, lentejuelas y remaches multicolores, sin  aditamento expreso y particular que identifique su origen e ideología, y mucho menos alguna característica que promueva su definición como complemento esencial, en el plano de las ejecutorias públicas, el pro accionar individual y el pensamiento objetivo.

Hoy campeamos al margen y con gran descaro, el terreno del desafuero descarnado de los intereses particulares, aún sea el compañero de viaje y faena una carroña.

Lejos de responder el homus politicus a ese imponderable amasijo de nobleza y responsabilidad cívica, previsto por Juan Pablo Duarte como protagonista ideal del ejercicio político, a lo que este hoy político apunta es hacia los aprestos de la nada imaginativa “tarzanía” partidaria.

Es enfocando la realidad nacional con el lente analítico, creativo y polivalente del pensamiento humanista, que  la práctica política se nos presenta en permanencia, a la zaga de los paradigmas y los presupuestos éticos y morales del pasado.

Otro aspecto “deducible” de lo tangible, es el atinente a los porcentajes reservados por la Ley Electoral a las  “minorías partidarias”.

La exigencia de su  aplicación, trae consigo un mal disimulado sentimiento de auto degradación, ocio y baja estima.

La mayoría de las postulantes femeninas, no cree en el esfuerzo personal premiado con la preferencia popular. Sólo atinan a concentrarse, cómodamente, en los tópicos que compondrían un posicionamiento aceptable, para que el famoso porcentaje destinado a “su proyección”, sea “orientado” hacia “su tierno redil” por el dedo índice y el bondadoso corazón de uno de los patéticos caciques políticos de nuevo cuño.

El Nacional

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