A mí, por supuesto, hay que contarme los votos. Uno por uno, y sin remilgos. ¡Vamos, que de algo ha de servir la democracia! He aquí algunas sugerencias, para que la acción del voto contenga algún sentido.
Vote por adquirir el derecho de elegir su recuerdo favorito. Y que en menos de cinco días hábiles una vez enunciado-, éste adquiera el grado maravilloso de presencia. Así, tendríamos la facultad de repetir los días queridos, las caricias inolvidables, las miradas compartidas, los besos reprobados, y, si no es mucho pedir; evitaríamos las confusiones, esquivaríamos las componendas, saltaríamos las horas tristes, negaríamos los abrazos falsos, nos ocultaríamos de los saludos obligatorios, de los amaneceres sin color y de la vida sin ilusiones.
A mí, amigos, que me cuenten uno por uno los votos.
Le sugiero a la vasta legión de mis pendejos queridos y consuetudinarios, que el 16 de mayo lo preciso porque sucede un día antes de mi cumpleaños-, vote por la elegancia del paraguas, por el color azul en las canciones, por el punto fijo y magnífico que lleva la letra i en el nombre del amor, por el sabor a fresa de los sábados, por el mar-león que escancia y duerme, por la resurrección de la abuela, por la muchacha blanda que era mi madre cuando la conocí; de ojos grandes y saltones, de manos suaves hacendosas y corazón henchido bajo el omóplato verde de una esperanza, ¡Ay!
Yo votaré por el recuerdo de mi cuaderno escolar de segundo grado y por la figura de araña deforme que era el mapa de mi país en su portada. Votaré por el insomnio de los Padres de la Patria, por Juan Pablo Duarte, que, aunque admito no ser un patriota de saco almidonado, cumplidor del Día del Patricio, o habitué amelcochado de las efemérides de nuestro inocente calendario cultural, confieso un temblor cuando pronuncio su nombre: Juan Pobre, Juan Pueblo, Juan Pobre Pueblo Duarte, Juan Pablo…
No el apóstol, o la estatua que quieren venderme en el Parque Independencia, esculpida en la Edad de Piedra, sino el grande que cinceló las letras que describen el honor, y que en secreto aún nos mueve y nos conmueve. El señor del peso, como decía Adry cuando era pequeña y mía. El mancillado soñador, de tan mala suerte, que de todas, las putas sabias prefieren su calle de olor a fritangas, a tris de intrigas púber, dispuestas en brasa, para vender su triste y pobre amor.

