Opinión

Islario

Islario

Morir por la lengua

Uno escribe de lo que sabe y de lo que sueña. Se escribe de lo que se sospecha y de lo que se anhela. De lo que se duda y de lo que se teme. De lo que se tiene como certeza y de lo que nos ha hecho perder la esperanza. 

Uno hace realmente lo que puede, pero nada del mundo puede impedirle a un hombre crecido en su voluntad, y aterido a la perplejidad de sus semejantes, que trate de exorcizar a la incertidumbre con atisbos de visiones y remembranzas.

Hay días en los que uno se da el lujo de escribir de lo que piensa. Y de lo que aspira y ama. O intenta olvidar. Escribir es padecer. Borrar, es padecer lo escrito en un magro navío sin reflejo, ni destino, ni horizonte.

Siempre la duda será el colofón afortunado de la escritura; puesto que el lector, sin advertirlo, deviene fantasmagoría innominada del escriba.

Todos intentamos embadurnar cuartillas, en procura de desrostrarnos el alma y el corazón, con la misión secreta de reencontrarnos desnudos de artificios en un sólo cuerpo. El cuerpo del texto: El mapa de los ojos convocantes. La ebriedad de la imaginación: El tráfago de  los límites que transgreden los sentidos. La República de los Acentos: La página. Fundada por la infancia y el lenguaje, donde un hombre hace un vórtice con el cúmulo agraviado de sus acertijos, en busca de su otro gregario. La fuga en el espejo; marginal y deseante.

Se escribe para significar y para poder olvidar. Es decir; se escribe sobre lo que se recuerda, con el propósito de desdeñar aquello que somete a nuestra humanidad, al sinsentido y a la desmemoria.

El que escribe sueña con la asunción colectiva del ente aquiescente de sus símbolos, que traman  definir o delimitar el presente del entorno. De ahí que su voluntad asuma la verdad como ética interior y compromiso ciudadano.

Escribir es un oficio de la fe, sobre todo cuando median los despropósitos; entre el caos y la barbarie. Se escribe bajo el murmullo, intentando “reordenar” el pasado, para avizorar los estertores con los que el futuro tratará de sorprendernos.

Connive la escritura con lo arcano, con el insolente objetivo de develar, nombrar y seducir. Se escribe en el dorso de un misterio, para poner en jaque la mismidad de los enigmas y los vacíos.

Se descubren mundos planos y cóncavos con la escritura. Así como universos paralelos que murmuran y median, ebrios y emblemáticos; entre  la clarividencia de  la pasión y la posible carencia de rigor.

Escribir toca y transforma. Con la escritura danza nuestro espíritu en un patio de fuego y en un bosque sin nombre.

Escribir delata. Leer alumbra.

El Nacional

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