Aunque los días transcurridos en nuestro interior no alcancen a protagonizar el vértigo en que a veces resultan las cantaleteadas efemérides, existen tópicos que por singulares se convierten en definitorios para la vida, constituyéndose por el inexplicable criterio de nuestra intimidad; en capítulos con rangos de epopeya.
Hablo del reverso de la historia oficial de cada uno. De aquella biografía marginal, ausente en los linderos reconocidos de los actos condicionados por el reflejo -la historia, la religión, el arte, la política, la literatura-, y en los patéticos apartados de los portafolios curriculares, donde críticos e historiógrafos insisten en la búsqueda de aquello que bien habría de explicar, motivos de influencias y transgresiones. Allí donde reina el todo de la superficialidad, y que esperamos ha de perimir por inútil la condescendencia.
Me refiero a esos aspectos pasados por alto, donde, inadvertidas, pasan consecuencias hechas recursos o dones en conserva, con el convencimiento de que su misión es resguardarnos del poder inquisidor de nuestro propio sino, al tiempo que mina nuestro Universo de significancias, encauzándolo tras un propósito, y conminándolo a la conformación cabal de un carácter.
Pienso en esos detalles aviesos que la vida sirve cotidianos, pero que van estructurando una personalidad, y encaminando como esencia lo impostergable y trascendente de un destino.
Me refiero a los elementos más expeditos del día y la noche humanos; sucedidos al margen de la memoria colectiva. Siempre bosquejando un horizonte de triunfos, o delimitando con pasión un interludio estelar, donde recelan los fracasos, y se reproducen los desencuentros.
Pongamos algunos referentes: Las emociones frente al primer cadáver amado, como decía José Martí; la amargura o el alivio sentidos ante o después de la más irreconciliable de las separaciones; el pulso dilatado del alma, que en clave de entumecimiento muscular, se nos presenta como agobio espiritual ante el más inesperado desplazamiento, que intuimos grave y sospechamos sin retorno. Y así.
Es que el modo de la vida es la resultante de una fase intangible, por combinatoria, donde las causas del humano derredor, se ventilan y complementan mediadas por el azar, devenido reacción natural, cuando el hombre revierte su imponderable histórico -la insatisfacción-, en necesidad de concreción o identificación de un objetivo.
Esto es: un hombre potencia su espíritu cuando sueña. Su apresto innegociable lo sindica aquello que le da razón para la conmoción, y motivo para el movimiento.

