Mientras que para el cubano grande, José Lezama Lima (1910-1976), la poesía es un triángulo de agua con un caracol adentro, para Manuel Del Cabral (1907-1999), el más universal de los poetas dominicanos, ésta es un agua tan pura, tan pura, que da trabajo mirarla.
Poeta demiurgo, pero también novelista, cuentista y diplomático; la voz creativa de Del Cabral, se consuma y desdobla admirablemente, llendo de lo popular a lo erótico, de lo social a lo telúrico, de lo filosófico a lo metafísico.
El legado estético de Cunito -así le llamaban sus amigos-, es la asonada madrugante de un apero verbal inconfundible, impar, convocante, y de gran riqueza, significación y trascendencia simbólica.
Obras como Color de agua, 1932; 12 poemas negros, 1935; Sexo no solitario, 1970; Sangre Mayor, 1945; Compadre Mon, 1940; Chinchina busca el tiempo, 1965; Cuentos cortos con pantalones largos, 1981 y Los Huéspedes Secretos, 1951; retratan la forja intuitiva, cognocitiva, visceral y polivalente de un poeta vertebrado, surgido de la mejor despensa lírica del Continente Americano.
Sindicado como uno de los estetas fundamentales de la Lengua Española en el siglo XX, su vitalidad artistica es definida por una real preocupación por el hombre y su destino, así como por una auténtica vocación de develamiento de los misterios que entrañan las circunstancias que determinan su carácter, ontogenia y lasitud.
Del Cabral fue un artista cabal, de los pies a la certeza. Estaba consciente de la inmortalidad de su obra y de los diversos puertos de partida que atracaba y aprovechaba.
Iba del cuento a la novela con los ojos cerrados; del género testimonial y epistolar, con las manos alertas, y del ensayo breve a las artes plásticas, con su septimo sentido.
Era un artista pleno y un orfebre innato, si así y cuando, le placía a su intención estética y evocadora.
Su obra conmociona por devenir encauce original en pos de la revelación de lo absoluto.
Es la resulta esplendente del denuedo y la fascinación; de la intuición y la pasión; de los estremecimientos y la inteligencia.
Se adhería iluminado, a ese instrumento de viento y alma que es la palabra. Pocas veces se dejó influir por la instrumentalización poética fraguada en su entorno.

