A Pedro Mir le faltan cuarenta y ocho días para morir. Mientras llega La Infausta, lo recobro a mi lado preguntándome si me parece delicioso el jugo de mandarinas servido por Geraldine, su hija y médico.
Tenemos medio bizcocho rememorando un viaje cómplice a Puerto Rico, y hemos reído y tocado fondo con pedazos de piedra helada en la boca.
Llegado al punto en que el recuerdo me retrata preocupado por no hallarle como hace dos minutos, tras las vidrieras de una de las tiendas de ropa interior femenina en el mall Plaza de Las Américas, le murmuro mi reconocimiento por la osadía de regalarle flores a una florista.
Los veo a los dos, entretenidos, y la instantánea se fija para siempre fuera del ruido sin alma de este mundo.
Ella no cabía en el asombro. El no salía del embeleso. Yo, de la fascinación. Pero consciente de que hay un polvillo húmedo perdido en el aire, me vuelvo hacia los escaparates de la juguetería contigua, porque, como se sabe, dos son compañía, y tres son multitud.
Geraldine nada sabe de nuestra intachable e indetenible nadería poética, pero me atrevo a jurar que imagina su peligro, porque la descubro escondiendo su amabilidad detrás de un gesto reprobatorio.
Era miércoles y he llegado a la casa para hablarle de Auditorium, revista de la Dirección General de Bellas Artes, que entonces dirigía, y que habría de dedicarle una insuperable edición monográfica.
Notificarle, es el mejor pretexto para verle de nuevo y disfrutarle. Pensé. Además, me acababan de nombrar su edecán, para el que sería su último viaje vivo.
-Iremos rumbo al deleite, pero sin escala en el olvido-, digo, fingiendo la poesía del comedimiento para oídos de la pediatra. Reímos. Luego nos acomodamos. Nos sabíamos dispuestos para la próxima fuga.
Mir (1913-2000) era -cuando no le acosaba la leyenda del oro-, un hombre de espíritu cosmopolita domeñado por los afectos. Vestía con elegancia y buen gusto. Tenía el perfil de un halcón y la desmemoriada estatura de un ciprés. Hablaba con música y pensaba por todos. Era un oidor y un gran cantor. Caminaba con la corrección del ritmo y gesticulaba con la gracia del orador consumado. Su tema eran los márgenes. Escribía con un coraje bendecido. Era un ser integral, escogido por la Patria para cincelar la dignidad de su resistencia.

