Una cosa es aquello que nunca tuvo nombre. Entidad sin identidad. Reflejo sin espejo. Fantasmática sin rumor ni leyenda de soporte. Flujo absurdo sin historias ni reflujo. Enunciado sin raíz. Simulación y amague sin límites ni viento de libertad.
Cuando a esa cosa se le pone nombre, cobra significación y obra con beneficio. Deviene melodía y suspiro. Emanación y contrapeso. Abulia en retiro. Es decir: símbolo, emblema, alegoría, cuerpo y voz.
Tras cada humano hay un montón de cosas que dan valor y entornan su significante. Al punto en que, el mundo, no se imagina un día sin su imponderable como cabecera. De ahí las guerras, los grandes fracasos, las traiciones, las hazañas, los retos, la renovación y suma de propósitos.
Cada cosa -aún sin nombre ni predicamento-, tiene y resguarda-, un estigma. Su destino está encauzado por su sola intuición, dada su parentela con el vacío del mundo que le sirve de abrevadero, catapulta y escenario.
Las cosas son motivos impronunciables. Imaginería inconclusa que la nada traspone como handicap del quebranto embrionario; cuando no cesa su mítica exploración en el corazón y la conciencia.
Una cosa es la ausencia de dolor, y otra, su decodificación visceral a través de imágenes y sonidos surgidos de la melancolía, la tristeza o la nostalgia. A los que algunos llaman evocación, ilusión, iluminación, y otros; misterio, ensoñación, transparencia y remembranza.
Es cosa de ánima sórdida, el mundo. Si la cosa es soñada, asume de inmediato el rango de presencia. Porque una de las virtudes de esa otra realidad que es el sueño, es corporizar con avidez el instante mágico de sus afluentes, aún sean inconstantes o intangibles.
Es lo que explica la existencia del pensamiento creativo, y los cambios producidos en cada proyecto humano, tras el penoso procesamiento de sus letargos.
El milagro de la cosa se percibe en la querella. En el diario afán de las ideas sobre el porvenir, de hacer escenario de lo verbal al presente ciego, veloz y superficial de su ser sensóreo.

