Una muchacha desconsolada en su pequeña hermosura, detiene indecisa sus pasos de torrente frente a mi casa, y sin pensar ni un minuto en el posible estruendo de su extravío, me pregunta de súbito por un poeta llamado Enriquillo Sánchez.
La retrato disimuladamente, de los pies a la certeza, y me enamoro en secreto de su zarcillo izquierdo color esmeralda. Imagino que ha de llamarse Aurora, Teresa, Mara, Silvana, porque toda mujer-verdad lleva siempre consigo un nombre de gacela o de montaña. Pero no. -Me llamo como quieras, dice, colmando mi júbilo, pero lo daña cuando vuelve a preguntarme por un poeta llamado Enriquillo Sánchez.
Yo trato de alejar del vino la respuesta. Y le hablo de un bolero del esquizo, tibio y a veces manso, soñado a las tres de la tarde a la mitad del miedo de una memoria imposible, avistada desde Guibia, y le muestro la cola de una cometa traviesa armada con alfileres, por la ternura de una muchacha inefable, a la que otra, pero con el pelo largo, le dice a voces: -Rubí, ya está bueno, ven que se hace tarde-. Y ni caso.
Entonces se me ocurre proponerle un beso en fuga. Un verso inolvidable. Un adjetivo meloso… Y le digo que, si ella quiere, ha de ser sólo suyo ese adverbio tan fresco y fraterno, como este pez que la mira, desea y ama; porque ella salta, baila y resplandece. Pero no, como dice Mir.
Intento entonces mitigar su enfado, proponiéndole como peligro un abrazo de cereza en yerbabuena. Pero ¡qué va! Se me ocurre sugerirle como aderezo una caricia plana, de espuma o cedro en bar en calma, pero ella insiste -¡es un suplicio!- en el desconocido paradero de un evidentemente dichoso poeta llamado Enriquillo Sánchez. ¡Estoy hecho un ñu!
Para ver, le hago saber, que soy perito en trucha a la melodía. En desnudos al escabeche. En merluza a la naranja. Y en pulpo imaginado a la sicodelia. Y a veces si el caso lo amerita- en hienas tristes y en jaguares dormidos, bañados con el perfume de lo indómito. Pero ¡qué va! A ella sólo la seduce una limonada y le inquieta la no presencia de un poeta llamado Enriquillo Sánchez.
De modo que recorro a mi As disoluto y oculto: -¡Yo soy Enriquillo Sánchez! -le digo casi a gritos. Y ya hastiado, fastidiado e inocultablemente envidioso. ¡Fíjate, yo soy él! ¡Tuyos son mis días caminantes!, ¡Haz aquí, negrita, tu domicilio y deja a mi lado el sabroso enchumbe de tu gracia!

