Opinión

Islario

Islario

Recuerdo el pavor que me recorrió frío la entonces delgada anatomía, cuando terminé aquel atrevido planteamiento pseudo-crítico. Para mi sorpresa, don Virgilio no negó la posibilidad real de tal influencia.

Es más, nos relató con humildad la riqueza de su experiencia lectoral, cuando le llegó a las manos a finales de los años cincuenta la edición príncipe de “Los Premios”, ópera prima narrativa de Julio Cortázar –como se sabe, antes había publicado un librillo de sonetos titulado “Presencia”, calzado con un pseudónimo: Julio Denis-, donde el autor de “Queremos tanto a Glenda”, hace una especie de mix virtual entre enfebrecidos personajes mitológicos y modernos.

A don Virgilio Díaz Grullón le conocí de memoria, llevo escrito, y lo guardaré siempre en ella, aunque la muerte se ufane en que lo ha transportado hacia el olvido, de la misma forma en que lo ha hecho –la muy bastarda-, con tantos grandes de las letras dominicanas.

La última vez que nos vimos, dos semanas antes de aquella fatídica mañana del dieciocho de julio, estaba yo muerto de susto bajo la blanda navaja de Mario, mi buen barbero. Y él (don Virgilio) había llegado al mismísimo local –como siempre-, y esperaba por el suyo.

Mientras me afeitaban, hablamos. Luego, mientras le cortaban el pelo, hablamos, hablamos, hablamos. En una de esas tantas habladurías le dije que esa barbería ya era la de los poetas e intelectuales, puesto que, vecina de la acogedora librería La Trinitaria, allí también acudían los poetas Alexis Gómez, Cándido Gerón y Tomás Castro. “¡Y también  Miguel De Camps Jiménez!”, dije.

 “Entonces ya es hora de que usted escriba un cuento sobre los barberos, sus poetas y bohemios, don Virgilio. Uno que de cuenta, por ejemplo, de todas estas habladurías”, insistí. “-Esa es buena idea Adrián. Te imaginas uno que empiece más o menos así: “Esa mañana de sábado camino a la barbería…”. Pero nos interrumpieron don Virgilio. Esa maldita mañana de julio La Parca nos interrumpió, ¡y usted no sabe cuanto lo he lamentado!

Pero como sé que los grandes nunca mueren. Que su alegada ida física es un chiste malo de su buena ficción, le digo por este medio don Virgilio que usted no ha logrado engañarme. Así que déjese de cosas y póngase de nuevo su guayabera. ¡Levántese como Lázaro para que nos veamos de nuevo éste sábado, como siempre, en la misma barbería y a la misma hora. No. ¿Qué tal si esta vez adelantamos la hora?, ¿Le parece bien a las cuatro y media de la tarde? “-¡Okey!-“ Oí.

El Nacional

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