Tengo la impresión de que mi generación aún no estaba lista para llegar los estertores de la adultez. Que todo le pasó de pronto (familia, poder, prestigio, dinero), y que un día de extraños fluidos y luz mortecina, la sorprendió descuidada, absurda y somnolente. Con los hábitos mal puestos, el galope veloz, y las bridas entumecidas.
Esa sensación la tengo de cuando en vez, y de vez en llanto. Y no la explico. Ni trato de que se le revele al instante su misterio. Sólo la padezco en silencio e intento imaginar por cuál de sus recodos tintados se filtró el mundo, con sus fiebres y sus fauces, con sus alfileres y sus fobias.
En los albores de los años ochenta, la vida se pretendía como algo mucho más sencillo y equilibrado. La inminencia de los cambios sociales, políticos y culturales, parecía transitar un sendero de segura incidencia y transformación. Al enemigo lo creíamos touche, contra la pared, puesto que era el mismo para todos, y todos lo sabíamos con nombre de fuego y apellido siniestro.
El partido a combatir era el de los desmanes fraudulentos y el de los peligrosos remanentes del déspota. Fácil de identificar y ubicar por cada uno.
El terreno moral de su entramado esperpéntico, estaba bien cubicado para la venganza, en la celebraciones sucesivas de la falsía electoral.
En un antes no tan remoto, los cómplices queridos (nosotros, los de entonces…), se distinguían por su dolor parejo, y por la pasión rumiante de sus habitaciones contiguas. Ahora todo es confusión, delación, manejo y botín de desmemoria. El acto más subversivo y heroico parece corresponder a las malas artes de la sobrevivencia y el escamoteo.
Hoy son otros, los de entonces. Un magro conjunto de colores y virtudes contrapuestas se sucede menor. Y hasta el amor tiene su cansancio y su temblor alquilado, presentándose como rubor maleado por el ahogo de la mala economía y las circunstancias políticas.
En esa década, que los teóricos del pensamiento neoliberal llamaron perdida acuñando la ocurrencia de Generación Perdida de Gertrude Stein (1874-1946)-, nos inflaba el pecho la idea de encontrarnos con nosotros mismos. Pero algo nos pasó. La energía de algún sueño se nos apagó en el ruedo. Quizás la esperanza.

