El día en que Lilliam, Lulú y yo teníamos que reunirnos con Julito Ibarra, se desató un diluvio. Cántaros de lluvia, rayos y centellas. Oyá Yansá, mi madre africana (Santa Teresa de Jesús, en el Santoral Católico), en todo su esplendor y furia. Yo sabía que Lilliam y Lulú no podrían llegar, pero hice de tripas corazón porque a ese caballero tan enfermo, yo no lo podía dejar esperando.
Y allí estaba, haciendo un esfuerzo sobrehumano para conversar y asesorarnos en un tema donde, según él, se había cometido una injusticia; una flagrante violación a los derechos humanos de las dominicanas, en una nación que había firmado el Protocolo Facultativo de la CEDAW en junio del 2002, y había ratificado la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres en el 2004.
Don Julito sabía, como nosotras, que en el Acápite 4 del Artículo 1, de Convenciones, Tratados y Acuerdos firmados y ratificados por el Estado a favor de la eliminación de la discriminación y a favor de la igualdad, el Estado se compromete a promover las medidas necesarias para garantizar la erradicación de las desigualdades y discriminación de género, y que una de las mayores desigualdades entre hombres y mujeres en nuestro país se da en el campo de la salud reproductiva, donde solo a nosotras se nos responsabiliza y condena a muerte- por la reproducción de la especie.
Julito también sabía que había una flagrante contradicción entre la Nueva Constitución, proclamada en enero del 2010; en la Ley del Distrito Nacional y los Municipios (176-07); el Plan Nacional de Igualdad y Equidad de Género 2007-2017; la Estrategia Nacional de Desarrollo 2010-2030, y en los procesos de reformas que se desarrollan en el país (medidas todas con textos inclusivos de los derechos e intereses de las mujeres), y una prohibición contra el aborto terapéutico, cuando peligra la vida de las mujeres, que obedece a la permanencia del Medioevo (y las numerosas mujeres quemadas por la Inquisición), en el sector más conservador de la Iglesia Católica dominicana.
Entre chistes, sobre algunos representantes del Clero especializados en presionar a la Suprema, y el irracional temor que inspiran estos hombres cuyo poder radica en la autoridad que otros les conceden, Julito planteaba la necesidad de acción organizada de la sociedad progresista para cambiar ese Artículo que desmerita la nueva Constitución Dominicana.
Seguía lloviendo, y yo mortificada por el esfuerzo que implicaba para él hablar, reírse, y salir con un paraguas, como gentil caballero, para despedirse.
¡Paz a sus restos! Y a mi lluvioso corazón, en esta su triste partida para todas las mujeres que ignoraban su lucha por protegernos de la más injusta muerte.

