Este domingo la araña está muy atareada. Comienza a sentirse los primeros fríos de las navidades, y hay que prepararse para el invierno.
Desde el amanecer lleva tejiendo entre dos ramas su última tela.
-Esperemos que no pase un moscardón o una abeja por aquí… Necesito recuperar fuerza.
Como quedan gotitas de rocío en la red que está tejiendo la araña, los insectos pueden ver la trampa con facilidad.
De repente una mariposa que anda despistada, buscando una flor, se acerca demasiado a la tela, y… ¡cataplás! Cae en la pared.
La araña sale corriendo, feliz de tener una presa tan bonita. Cuando ya está a punto de matar a la mariposa, duda. ¿Creéis que se la va a comer?
-¡Qué alas tan bonitas tienes! Parecen los pétalos de una flor –dice la araña-, ¿De dónde vienes?
-Por favor, señora araña, ¡tenga piedad de una pobre mariposa perdida!
-Sí, pero resulta que tengo hambre y no tengo qué comer –dice la araña.
-Pero mis alas no alimentan. ¡Por favor! ¡Piedad! Implora la mariposa.
-De acuerdo –dice la araña, que libera a la mariposa, con mucho cuidado para no dañar sus alas.
