Elvis Valoy
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Qué más puede ser el mundo, sino un ajedrez en donde las grandes potencias mueven sus piezas a su conveniencia? Y en cada coyuntura, por diferente que ésta sea, se repite la misma historia.
El globo terráqueo fue arrinconado por la COVID-19, y la panacea a este accidente indeseable de la humanidad es la buscada de la vacuna que libere al orbe de los demonios urticantes de esta terrible enfermedad.
Las principales economías globales se están empleando a fondo, como nunca antes había ocurrido, en encontrar el antídoto que vuelva a convertir a la ciudadanía en números de tarjetas consumo. El susodicho remedio infalible, que meses atrás parecía llegaría a mediados del próximo año, está más cerca de lo que pensamos, y las naciones poderosas junto a sus laboratorios, están enfrascadas en una lucha “cuerpo a cuerpo” por obtener el “elixir de la felicidad”.
China luce obligada a carabina a dar con el medicamento y distribuirlo gratuitamente entre la población mundial, pues ha sido la que más vilipendiada ha salido de este estadio histórico internacional. En el caso estadounidense, la vacuna (ahora adjunto al racismo), es la variable que está jugando el rol proselitista con miras a las elecciones de noviembre próximo.
Rusia, que es la que más cómoda juega en el tablero planetario, ganaría por partida triple de dar con el hallazgo de la pócima que cure el mal, pues su alicaída economía, que ni el petróleo ni el gas natural han podido revivirla, se catapultaría más allá de la Plaza Roja, y el Museo de los Romanov.
Israel, Reino Unido, Australia,etc., también buscan dar su jaque mate.

