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La ciudad desquiciada

La ciudad desquiciada

Leyendo dos libros que hablan de ciudades me nació el impulso de escribir algo acerca de Santo Domingo.

En su libro “Desde la ciudad nerviosa”, el barcelonés Enrique Vila-Matas habla de esa ciudad de sus años infantiles y, necesariamente, tiene que compararla con la Barcelona de estos últimos años, y  describe a la actual como una ciudad afectada por un nerviosismo que va acercándose a la esquizofrenia. Ello, a pesar de que Barcelona es una ciudad hermosísima y con grandes zonas por las cuales la gente puede pasear a sus anchas y recrearse con su peculiar arquitectura.

El turco Orhan Pamuk, en su libro Estambul, rememora también sus felices años de infante y adolescente en Estambul y su escritura se llena de una nostalgia casi demoledora cuando evoca sus paseos en barca por el Bósforo junto a su familia.

Y después de estas dos lecturas, yo me he preguntado qué podríamos decir los escritores dominicanos sobre esta ciudad llamada Santo Domingo.

En primer lugar, en mi caso, soy un ciudadano de ninguna parte, es decir, no tengo una ciudad sobre la cual inspirarme para escribir. Nací en esa temblorosa zona del Cibao en que se funden las provincias de Santiago, Espaillat y La Vega.

 En mi adolescencia tuve una suerte de amoríos fugaces con Santiago, a la que iba una vez cada dos años, en principio, y luego, al ingresar al Instituto Superior de Agricultura, una vez por semana, cuando se nos permitía salir los domingos. Aquellas incursiones, usualmente, eran gastadas en una visita a alguna muchacha y en otras ocasiones para ir a beber vino en una especie de tienda de expendio que tenía Isidro Bordas en Bella Vista. Recuerdo que el vaso era a cinco centavos y a veces un grupo nos juntábamos y comprábamos un galón, y ¡a beber se ha dicho! 

Con Santo Domingo he tenido una relación más cercana y por lo tanto más traumática.

Tuve  la oportunidad de vivir en la zona colonial a final de los ochenta y principio de los noventa y todavía recuerdo las noches de bohemia en el Drake y la gran actividad cultural alrededor de Casa de Teatro, la casa de la cultura de la UASD y otros lugares en que los poetas y escritores, los aprendices y los ya veteranos, soñábamos que algunos nos convertiríamos en García Marquéz o César Vallejo. Eran los tiempos en que la calle El Conde era el principal centro de compra de la clase alta y media y los carros del concho te dejaban frente a las tiendas. Y a propósito de la calle el Conde ¡Cuanta suciedad, prostitución, y mendicidad! Todavía eran los tiempos en que era una novedad cuando a alguien le robaban o le atracaban en la zona.

Residiendo en Santo Domingo desde aquellos años, la he visto convertirse en lo que es hoy, un homenaje al caos y al desorden. Una ciudad desalmada, ruidosa, en constante crispación. Y con altos niveles de contaminación ambiental.

Empezando por las grandes migraciones desde los campos y pueblos del resto del país y pasando por un explosivo desarrollo urbanístico sin ninguna planificación, esta ciudad se ha convertido en un gran manicomio por la circulan millones de desquiciados. Porque eso es lo que parecemos los habitantes de Santo Domingo cuando nos trasladamos por estas calles en procura de llegar a nuestros destinos.

Pienso con toda honestidad que el tránsito de una ciudad nos da una idea clara de cómo son sus ciudadanos y sus autoridades; y hay que admitir, aunque muchos puedan sentirse ofendidos, que es difícil encontrar una ciudad más desquiciada y conductores más maleducados que los de Santo Domingo.

El desquiciamiento nace de la gran cantidad de motoconchistas, taxistas suicidas, guagueros terroristas, carros del concho, semáforos que no funcionan, una policía que a veces, aunque generalmente su labor es muy positiva, entorpece el tránsito en vez de hacerlo más fluido. Pero ante todo, el desquiciamiento viene de esa falta de educación ciudadana y su consecuente falta de respeto a las leyes de tránsito y una ausencia total de cortesía. Pero no solo los conductores de esos posmodernos medios de transporte se comportan como auténticos salvajes, sino, también, gente en lujosos Mercedes, BMW, Land Crusier y otros tantos automóviles de precios astronómicos.

Y lo peor de todo es que aquel que no se sume al estilo desquiciado de conducir de la inmensa mayoría, termina siendo aplastado, vapuleado, y al final a todos no nos queda más opción que sumarnos al caos.

Por otra parte, Santo Domingo se ha convertido en una ciudad sin espacio para que la gente pueda caminar, reunirse, respirar aires lozanos, y las construcciones de torres de apartamentos han ido robándole unos de los encantos que le quedaban a la ciudad, la gran cantidad de árboles, que la embellecían y le daba un aire de campiña.

Para citar un solo caso, cuando vine a residir al mirador norte en el año 2003, en la calle que queda detrás de donde vivo había una serie de casas con grandes matas de mango, aguacates, pinos y jardines bien cuidados. Antes, aquí disfrutábamos del colorido espectáculo de las aves y sus cantos, de los mangos banilejos al alcance de la mano y de un ambiente de frescor. En apenas cinco años ha habido un cambio brutal. Proyectémonos veinte años hacia el futuro y tendremos la obligación de admitir que el panorama no es muy alentador. 

Todavía, a Santo Domingo la rescatan y la hacen más o menos atractiva algunas partes de la zona colonial, principalmente la calle Las Damas, la plaza España, donde se verifican las noches de luna llena más espectaculares que se pueda apreciar, el Parque Colón, el café Fuerte San Gil, el Adrian Tropical del malecón, el Vesuvio del malecón, la Lincoln y sus noches y ese gran parque Mirador Sur. Y por supuesto que el  mar Caribe, que, a pesar de toda la basura que le llega, sigue dándole encanto a esta parte de la ciudad. Los encantos del río Ozama  lo podrán describir escritores de otras épocas, porque lo que tenemos hoy día es un río hiper contaminado y en cuyas riberas se han erigido millares de mansiones del horror.

A los escritores nacidos en esta ciudad en los últimos años no les quedará más alternativa que crear sus propias ciudades y  humanizarlas, como lo hicieron, por ejemplo, García Márquez con Macondo y Juan Carlos Onetti con Santa María; porque esta ciudad apenas les servirá para recrear personajes neuróticos, depresivos y desquiciados, como la ciudad.

El Nacional

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