Ha sido mucho el esfuerzo y mucha la sangre derramada para lograr que nuestro país viva un proceso democrático que todavía falta por pulir. Hasta ahora, ese proceso se mantiene, a nuestro juicio con muchas imperfecciones.
Esto lo decimos porque a veces a uno le da la impresión de que ese proceso se tambalea, por el tradicional comportamiento de los partidos que lo sustentan.
Se ha dicho siempre que la democracia representativa se sustenta en la confrontación de ideas y tácticas de sectores organizados a través de los partidos, con sus respectivos liderazgos y programas que ofertan al electorado, aunque pocas veces se cumplen cuando llegan al Poder.
En estos momentos, además de la crisis global que nos afecta, observamos cómo los dos grandes partidos el PLD y el PRD están inmersos en querellas internas.
En el primer caso, hay dirigentes que reclaman del Gobierno retomar los principios que le dieron origen, con el argumento de que se aleja del pueblo, al tolerar una corrupción que, según ellos prevalece.
En el caso del PRD, donde no existe un apaga fuego como José Francisco Peña Gómez, ese tremendo líder que mantuvo la unidad a base de sacrificios, ahora resulta que faltando más de tres años para las elecciones presidenciales, hay una rebatiña para presidirlo y adquirir supremacía.
Esta es una herencia perniciosa que se inició desde el momento mismo en que, tras faltar a los principios trazados por Peña Gómez, resquebrajó la unidad al tratar de ir a una reelección encabezada por el entonces Presidente Mejía, luego de abjurar de su tradicional postura contra la permanencia en el Poder más allá de lo que establecía la Constitución, modificada para contribuir a ese error histórico.
En este momento, no queremos analizar la situación interna del Partido Reformista Social Cristiano, donde se trasluce una pelea de gallos, porque tras la desaparición de su líder Joaquín Balaguer, ni siquiera los más jóvenes han podido cohesionarlo. Sin duda, a esa generación le tomará mucho tiempo lograr que esa organización ocupe la primacía que antes tuvo para llegar al Poder.
Ese panorama de los tres partidos con más vigencia tradicional, puede dar lugar a que algún iluminado se aproveche de las condiciones creadas para salir a la palestra como fiera que espera devorar a su víctima, en este caso la democracia existente, que consideramos enferma, pues está contaminada por el virus que le transmiten los partidos y sus aliados que la sustentan.
El enorme peligro de esto es que la mayoría del electorado, desconocedor de las vicisitudes que vivió este pueblo antes del proceso democrático, dirija su vista a ese posible iluminado.
Nuestra democracia necesita un médico de cabecera, capaz de darnos una buena receta, pero de ninguna manera un iluminado por la rebatiña de los partidos políticos.
andor314@yahoo.com

