Sin saber a ciencia cierta las razones por las cuales en estos momentos acuden a la mente tantas cosas bellas, hermosas y queridas, que cual ola refresca la arena, vienen con un manto de paz y cierta conformidad, a engalanar mi tarde sabatina, que junto a la trigueña y su contoneo, y a Gabriela Mistral se unen, tratando de hacer más lento el crepúsculo de esta vida, para con fervor y esperanza infinita decir: Miro bajar la nieve como el polvo en huesa; / miro crecer la niebla como el agonizante,/ y por no enloquecer no cuento los instantes,/ porque la noche larga ahora tan sólo empieza. Recojo todo esto, como recompensa ante la apatía nacionalista de que estamos padeciendo.
Justo cuando la tarde comienza a decaer, muy a nuestro pesar, contemplamos nuestro modo de vida, lo que éramos, lo que somos y lo que podríamos llegar a ser nos produce una inquietud y una pesadumbre engorrosas y tristes. Por nuestro frente las personas pasan y en los pueblos y carreteras no sabemos si estamos en dominicana, la frontera o Haití. Sí, así calladito, como el que no quiere las cosas: ¡así estamos!
Esta situación comenzó como si fuese el fuego en un basurero, quemando por abajo, despacio pero continúo. Invasión pacífica, callada, sumisa, humilde, aunque continúa. Unos cuantos para la agricultura, otros pocos para la construcción y hoy cientos de miles para lo mismo. Otros tantos pedigüeños y otros para la servidumbre y el problema prosigue cocinándose como un sancocho, con pocos signos de hervir por arriba y por debajo en plena ebullición.
La historia, esa repetición de hechos que se producen cíclicamente en la vida, nos presenta a los mismos de siempre, aunque con diferentes caretas. Cuando no son los afrancesados, son los españolizados o los americanizados; todos a una con la misma intención de destruir la dominicanidad. Esto sucede con la bendición y el beneplácito de políticos inescrupulosos que por un voto comprado se les importa un bledo a quién es que lo compran y mucho menos piensan en nuestra nacionalidad, ya que lo importante para ellos es ver llegado el momento de que se llenen los cerones con el fruto de sus ambiciones políticas.
Utilizan su oratoria para engatusar y engañar a los mas ingenuos, al disfrazar sus espurios intereses malsanos y de lesa Patria, con un único propósito de saciar su ego perverso, ahíto de poder y dinero mientras tanto el gran problema haitiano continúa creciendo día a día, muy parecido a la comida hecha en el micro-ondas, fría por la superficie e hirviendo en su interior de una manera tal que calcina.
En este momento parecería que son pocos a quienes de verdad les interesa el tema. Discusiones estériles sobre el Jus solis o el Jus sanguini. La hipocresía les sale por la comisura de los labios como vampiros de películas sedientos de sangre. Su credibilidad sobre el tema es nulo, por encima de lo banal de sus argumentaciones, porque reluce la hipocresía de su accionar.
Y como esto parece que va para largo es de ley mantenerse firme, hasta el momento en que explote, porque de que va a explotar nadie debe abrigar dudas. Explotó en cada una de las oportunidades que se tenía que producir y aquél que tenga dudas, que se vaya a la historia, incluyendo el hecho repudiable del 1937, el hecho heroico de la Restauración o quizás aún más cerca estén las atrocidades que internacionalmente se están cometiendo promovidos por potencias y organizaciones internacionales, en contra de la dominicanidad y el derecho que nos asiste a ser arquitectos de nuestro propio destino como nación.
Para cuando eso ocurra debemos tener bien resguardados los principios nacionalistas, aquellos por los cuales podemos llamarnos do-mi-ni-ca-nos. Vamos a mantenerlos vivos, aún sea como se mantienen los alimentos enlatados, en conserva. Y luego, vamos a dejarlos ahí, en la alacena, bien guardados y a buena temperatura, porque el día llegará en que tengamos que utilizarlos como ya lo han hecho tantos patriotas a quienes hoy debemos el orgullo de poder ser llamados do-mi-ni-ca-nos.
Reiteramos que la nacionalidad dominicana está en peligro, aunque muchos no quieran darse cuenta, sea cual sea la razón que los motive, pero de que está en peligro, lo está. La candela está quemando por abajo, como se quema la cáscara del arroz, sin que se manifieste en la superficie, aunque al pisarla la quemadura que produce es dolorosa y traumática, al igual que el problema de la inmigración ilegal haitiana para la dominicanidad.
Estoy consciente de la crítica que estos conceptos generan y todo aquél que se atreve a exponerlo de inmediato recibe al menos el sambenito de antihaitiano, xenófobo, racista y cuantos epítetos puedan pronunciar; mas los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera del alcance de ellos, y los conceptos de Patria, Dominicanidad, Nación, representan una carga demasiado pesada para estas mentes enfermizas.
Para sustentar todo lo expuesto anteriormente, no importa la cantidad de tiempo que nos quede por vivir, sino la dignidad con la cual cubramos el trayecto que nos falta y si nuestra nacionalidad continúa por la ruta peligrosa, oscura y llena de vericuetos que está transitando, donde llegado el momento no sepamos lo que somos en realidad, la gran pregunta sería: ¿Valdría la pena vivirla?.
Nos enseñaron que es tan pequeña el alma humana, que casi nunca caben en ella dos grandes pasiones. Por eso se dice que no se puede servir a dos amos a la vez y es natural que a cierta edad nos sobre la arrogancia y la presunción y nos creamos capaces -llevados por las fuerzas de las circunstancias- de emprender aventuras facciosas, como muchos políticos inescrupulosos lo intentan en momentos de confusión y caos como el que vive nuestra nación en la actualidad.
Pero cuando poseemos la experiencia y la inanidad del éxito acusa nuestra impotencia, nos dejamos arrastrar por esa fuerza invisible de los acontecimientos que nos conduce como inmenso torrente abriendo camino al través de todos los obstáculos, para preservar nuestras creencias, cultura y nacionalidad.
Sin que alberguemos odios ni venganzas el momento llegará en que habrá que verter hasta la última gota de sangre en defensa de nuestras creencias y tradiciones, por encima de las apetencias e intereses de los malos políticos, sólo para decir: Dominicanos, sí, dominicanos por raza y por orgullo. Todo lo demás es sólo eso que ya dijimos y está de más abundar sobre el particular. ¡Sí señor!.-

