Opinión

La doña

La doña

María soñaba con ser una doña.  En la televisión siempre había visto a esas señoras tan  remotas de su realidad,  tan elegantes, tan compuestas, siempre dándoles órdenes a las empleadas de servicio.  Siempre arregladas en los salones de belleza, limpias, planchadas, bien combinadas, con todo tipo de accesorios, y un marido que llegaba a comer en la mesa perfecta, con cubiertos perfectos y servilletas bonitas y de tela, y en el centro de la mesa casi siempre flores, o velas de colores.

Eso quiero ser, se decía, viendo la casucha donde apenas había dos habitaciones, con piso de cemento gris, y un camastro donde se suponía durmieran ella y su hermanastro.

Todos los días su mamá amanecía de mal humor, y no era para menos.  Avejentada, sin desrizar, con ropa desgastada por el uso, tenía que arreglársela para que el dinerito que entraba alcanzara para la comida, y que no fuera cualquier comida para que el marido, que no era su padre, no la maltratara, casi siempre de palabra, y todos los días, como en una letanía.

¡Mujer del diablo!, ¿es que a ti el tiempo no te alcanza?  ¿Qué es lo haces durante todo el día?

Y su madre no replicaba, sabiendo que el marido jamás se fijaría en la ropa lavada, los trastes limpios, los muebles sin polvo y las camas hechas; en el trabajo por el cual nadie le pagaba, en la labor que nadie, excepto ella, podía apreciar.

De noche, la penitencia se convertía en tortura cuando su hermanastro la violaba.  Más  cerca del animal que de la persona era una bola de instintos y fuerza, una bestia indomable.

¿Y como decírselo a su madre? 

Al padrastro ni pensarlo.

Tendría que irse de su casa, irse del barrio, de la ciudad, y ver si como trabajadora doméstica podría alcanzar algún dia su sueño de ser una doña, aunque fuese una doña pobre, que las había y muy dignas.

Si llegaba a ser una doña todos sus problemas se resolverían.  Ella también se llamaría Doña María, sería respetada en su casa y en su barrio, sería alguien. La tomarían en cuenta, la consultarían, y su marido reconocería que ella, con su trabajo doméstico,  era indispensable, era la otra cara de una moneda que tenía que circular junta.  Además, tendría hijos, que dormirían en su propia cama y podrían ir a la escuela, e hijas que nunca tendrían que acostarse con quien no quisieran, que siempre podrían contar con su apoyo incondicional cuando se acercaran a contarle sus problemas.   Que sabrían lo que son las muñecas y los jueguitos de tazas.

Eso fue hasta que entró a trabajar y descubrió la pesadilla de las doñas… y ya no quiso ser otra cosa que ella misma.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación