Opinión

La frontera de las letras

La frontera de las letras

 

Santiago Daydí-Tolson
santiago.dayditolson@utsa.edu

El escritor es el que rompe fronteras, el que pisa a uno y otro lado del territorio escindido, el que hace posible el traspaso de una realidad a otra. La suya es una geografía de rupturas.

Qué duda puede caber sobre el poder de convocatoria que tiene en estas tierras geográficamente continuas y geopolíticamente fraccionadas la frase “Letras en la frontera”. Nos hermana. Cargada está de sentido, es decir de imágenes mentales, emociones, conceptos y memorias que los ya bastante extendidos estudios fronterizos hacen patentes en su carácter conflictivamente peculiar y distintivo de una región y su esencia cultural. La frontera define a quienes la habitan y habla de un modo profundo en sus letras.

No es mi tarea, porque soy incapaz de ella, meterme en los recovecos de un asunto tan complicado como el que presenta la realidad socio-cultural de nuestra frontera, ésta que marca —y cómo— dos comarcas en íntimos encuentros y desencuentros, en el teje y desteje del pasar de una a otra, de vivir en ambas. Más apto me siento para discurrir un tanto vagamente sobre el asunto, a modo del que platica entre amigos, interesado no tanto en pronunciar el juicio exacto como en proponer en el divagar tentativo algunas impresiones sugerentes, ésas que se inician en la intuición sentida y que, bien entendidas, pueden llevar a un entendimiento cabal, más emotivo que intelectual, de un asunto complicado.

Así, al pensar en este fenómeno inmediato de la frontera y sus letras, sus escritores, me he dejado llevar por la memoria mitológica —la que uno hereda de la inventiva de muchas generaciones— hasta llegar al principio mismo de lo que la frontera implica: la expulsión del padre del Jardín de las Delicias —el Ganedén bíblico—, la creación del primer deslinde y el exilio humano en este Valle de lamentos del destierro que nos hemos repartido y vuelto a repartir a sablazos y patadas.

Grafica esta historia mitológica el que somos los humanos una especie territorial, y no sólo en términos de geografía. Somos territoriales y tribales, dogmáticos y partidistas: nos rodeamos de líneas divisorias en el afán de definirnos e identificarnos como lo que creemos ser o debemos ser. Nos imponemos nuestros propios límites, establecemos nuestras propias líneas de tensión, los frentes bélicos de enfrentamientos, bordes que no se deben trasponer: nos encerramos. Trazamos en la arena el reto de la línea que divide.

No siente así, me parece, quien se descubre escribiendo, porque escribir no es otra cosa —o debiera ser no otra cosa— que una incursión al otro lado, un salirse de los límites, un borrar líneas, un derribar empalizadas de todo tipo. El escritor no necesita delimitaciones preestablecidas para concebir su identidad; todo lo contrario, la define en la transgresión, en el rechazo de lo acotado en favor de lo inclusivo.

Así, no ha de sorprendernos que en la base de nuestra tradición literaria esté el verso escrito en la frontera.

(mediaisla)

El Nacional

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