Había una vez un granjero que se lamentaba constantemente de que sus gallinas sólo ponían un huevo al día.
Primero trató de reemplazar su comida por un grano especial para aumentar la producción de huevos, pero no tuvo éxito.
Las pobres gallinas hacían todo lo que podían por complacerle, pero él nunca estaba satisfecho.
Una mañana, al entrar en el gallinero, vio brillar en la paja un hermoso huevo de oro. ¡Tenía una gallina que ponían huevos de oro!
La tomó inmediatamente entre sus brazos, mientras se preguntaba si estaría soñando. Pero no: era verdad. La gallina era real y se había vuelto muy importante para él.
La separó inmediatamente de las demás gallinas ponedoras y la acomodó en un lugar tranquilo, donde pudiera sentirse a gusto.
No dejaba de llevarle comida para que pusiera varios huevos de oro al día y le hablaba sin cesar, pidiéndole constantemente que aumentara su producción.
Cada cinco minutos la levantaba, buscando entre la paja, por si había otro huevo de oro.
La gallinita era muy paciente, pero estaba empezando a hartarse. Así que un día tomó una sabia decisión.
Como no tenía ni un momento de tranquilidad, decidió hacer una cosa.
¡Se acabó!, se dijo, Sólo pondré un huevo normal cada día.
Cuando el granjero se dio cuenta, se enfadó mucho: pero la gallina no cedió. Siguiendo su ejemplo, todos los animales que vivían en la granja exigieron que se les tratara bien, amenazando al granjero con una huelga general. La lección tuvo muy buenos resultados. Desde entonces, el granjero trató mucho mejor a sus gallinitas. Comprendió que nunca debe explotarse a nadie, y menos a los más débiles.

