La comisión de la Cámara de Diputados que estudia el proyecto de ley de partidos acordó recomendar la aprobación de un estatuto que delegue en las organizaciones partidarias la potestad de seleccionar la forma de primarias y el tipo de padrón que utilizarán para escoger sus candidatos a puestos electivos.
Como solución salomónica se acordó que la decisión sobre la modalidad de elección de candidaturas a cargos de elección popular “sea ponderada y decidida por los órganos de alta dirección de los partidos”, una vía que no garantiza que la criatura de la historia bíblica finalmente no resulte desmembrada.
El informe definitivo de esa comisión sería elaborado mañana con los acuerdos arribados ayer en votación de siete contra seis, lo que no da por seguro que el proyecto sería aprobado por la Cámara Baja y posteriormente convertido en ley por el Senado, ya que se trata de un escenario diferente en el que la correlación de fuerzas es diferente y al parecer no hay votos suficientes para la aprobación.
La accidentada discusión en torno al proyecto de ley de partidos ha puesto en relieve la debilidad institucional de las principales organizaciones partidarias, ninguna de las cuales pudo unificar posición en torno al tema, señal también de que el liderazgo político ha limitado su accionar a intereses grupales.
Ese proyecto, tal y como podría ser aprobado, no remueve el tumor de división o mutilación de derecho localizado en el mismo tuétano de los partidos, por lo que es previsible que haga metástasis y se extienda hasta la anatomía de la propia democracia política.
Lo que esa comisión aprobó es que las cúpulas de los partidos hagan lo que mejor les convenga a sus propios intereses y no a los anhelos de la militancia y propia sociedad de garantizar pleno ejercicio del precepto constitucional a elegir y ser elegido.
A lo que la sociedad aspira es a que el liderazgo político asuma conciencia sobre su rol, que es el de servir sin condiciones a los intereses de la nación y no a pretender que la nación se arrodille ante los designios de una oligarquía partidaria, cuya ambición parece no tener límites.

