Opinión

La manía de narrar

La manía de narrar

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Al escuchar mi respuesta, el profesor Batista rió y me conminó a que le escribiera una de las historias que bullían en mi mente, y ese fue el nacimiento de llevar al papel y escribir las invenciones de mi mente. A partir de entonces comencé a describir en cuadernos los mundos ficticios que desfilaban por mi cabeza.

Y al escribir, también descubrí que podía dominar los argumentos, que podía dirigir las palabras desde delante hacia atrás, combinando verbos y descansando los sustantivos en tropos increíbles; podía ajustar argumentos y lanzárselos a los héroes en la cara, transformando situaciones dramáticas en hilarantes y las trágicas en festivas.

Al volcar en el papel las ficciones daba salida a mis demonios a través de la catarsis, y una tranquilidad —motivada por la certeza de que la ficción que habitaba en mi cabeza fluiría a través de la escritura— selló el empleo fonético a mis historias.

Leyendo biografías de escritores, músicos, pintores y filósofos, me enteré de que yo no era un caso aislado con mi manía de narrar, con ese hábito instintivo que impulsaba a Isaac Asimov a encerrarse en espacios cerrados desde donde laboraba ocho horas al día los siete días de la semana, produciendo una media de treinta y cinco páginas diarias, que sólo revisaba una vez para no perder el tiempo.

O cuando la manía de narrar (lástima que por un tiempo tan reducido) llegaba hasta Juan Rulfo y lo empujaba a escribir donde aconteciera, haciéndolo en papelitos de colores que luego pasaba a cuartillas para ordenarlo todo.

La manía de narrar, desde aquella memorable escritura registrada en la historia, escrita por Gilgamesh en el Siglo XXVII a.C., ha sido la bujía, el aliento que lacra ese tercer discurso que tan bien definió Pier Paolo Pasolini y que los griegos —Aristóteles entre ellos— se atrevieron a llamar locura poética, éxtasis y arribo temporal al mundo verdadero.

Sí, fue la manía de narrar lo que me llevó en 1982 a convertir a Beto Pérez en el personaje principal de un episodio histórico que me atormentaba: la frustración revolucionaria por la derrota de abril, así como los destinos de sus héroes y la quiebra de los sueños redentores.

Esa manía de narrar, ese hábito impulsivo, convirtió los mitos que me acechaban, los marasmos y encrucijadas que me espantaban, en palabras situadas, aposentadas en relatos, en dramas e, inclusive, en anuncios publicitarios, cuando la creatividad se vendía en boticas (ahora en la Internet).

Así, convertí mi manía de narrar en una especie de condón enmascarado en sí mismo, domesticando lo que Lukács enunció como “la cierta dispersión de una copresencia de instantes irrelatados” (Lukács: Estética 2. Grijalbo, Barcelona, 1966); sobre todo, cuando la negación de mis sueños se aferraba, como esencia, como pudor, como melancolía y exorcismo, al momento de los grandes empujes y cambios de las fuerzas sociales, uniendo quimeras, irrealidades deliradas y espasmos de goces, con el discurso inexorable de la historia.

El Nacional

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