Para llegar a Basse-Terre desde Point a Pitre hay que viajar entre montañas, hasta que el mar se presenta como destino final, y la carretera desemboca en un bellísimo malecón, con una iluminación que parece la de una vieja ciudad costera de Francia.
Una pequeña y bella ciudad, con casas techadas de zinc a dos aguas, y el tejido en madera sirve de trasfondo a la Mediateca Bettino Lara, bautizada como La Meca, donde la Casa de las Américas, de Cuba, con motivo del 50 aniversario de su fundación, hizo una donación de cien libros, colección donde figuran los premios Casa de la región del Caribe, en inglés y francés, y los que se pueden considerar autores clásicos de nuestras islas, incluyendo las traducciones de Edouard Glissant y de Derek Walcott.
Lo primero que nos entregaron fue una carpeta con el programa donde figuraban las banderas de nuestras islas, excepto la nuestra, porque la mayoría piensa que Dominica es Dominicana. Llueven las excusas, que entiendo, porque realmente no nos conocen, no saben quienes son nuestros grandes escritores/as, excepto, claro está, Marcio Veloz Maggiolo, quien fue el invitado de honor del evento de escritores del Caribe que se realizó en Guadalupe, y cuya obra ha sido traducida al francés; y por Don Pedro Mir, a quien varios escritores han citado en sus ponencias.
No se preocupen, digo, que a lo interno se repite el mismo fenómeno. La población ha oído hablar de escritores, pero desconoce la producción bibliográfica del país, y en nuestras escuelas, de existir bibliotecas, los estantes están vacíos.
¿Cómo remediar esta situación?
Copiando lo que hizo Michelle Bachelet cuando asumió el gobierno: mandó a preparar mochilas con cien autores nacionales para las escuelas, algo que, además, fomentaría la producción, ya que si hay 31 provincias y a cada autor incluido se le compraran por lo menos doscientos libros (cinco por provincia), con eso se subsidiaría la impresión de los ejemplares que generalmente han asumido desde siempre los propios autores.
Empero, si además se destinaran por lo menos trescientas mochilas a las universidades e instituciones culturales más importantes del Caribe no nos sentiríamos tan huérfanos cuando, revisando los estantes, vemos que no hay un solo ejemplar de autor, o autora, dominicano/a.
Hay experiencias individuales exitosas en el país. Avelino Stanley y Tomás Castro se han encargado de que sus textos lleguen a una parte del sistema escolar, algo que podría expandirse si el Ministerio de Educación jugara un papel preponderante en la determinación de las prioridades de la Editora Nacional.
Entonces La Meca no sería ya más, en el imaginario popular, un lugar en el Medioriente, sino un espacio de encuentro entre los y las escritoras y el gran público.

